sábado, 30 de octubre de 2010

ESTABA ESCRITO...

En el centenario del nacimiento de Miguel Hernández aquí va mi homenaje particular: un cuento que escribí hace algunos meses. Los buenos escritores no mueren nunca porque ahí están sus textos para disfrute de todos. Porque ellos vivieron y escribieron, leemos y escribimos nosotros en el presente. Y la rueda seguirá girando, siempre adelante.

ESTABA ESCRITO...

I

--No es un nombre bonito. Nadie va a recordarlo, no deja huella.
María se quedó mirando a su amigo. Allí sentado, sobre la verja del colegio, delgado, por lo común callado, aunque con ella hablaba. Sí, con ella hablaba, y tenía unas cosas… ¿Qué era eso de un nombre bonito? Se decidió a averiguarlo.
--¿A qué te refieres con eso de un “nombre bonito”? --preguntó clavando sus ojos grises en los azules de Miguel.
Más valdría que él contestase pronto, que ya eran las seis y no había excusa para quedarse allí eternamente. La merienda, los deberes…
--Tú te llamas María.
--Sí, ¿y…?
--María es bonito.
--Ah, ¿sí?
--Claro, María es el nombre de chica más bonito que hay.
Lo que no dijo Miguel es que pensaba eso desde tan sólo dos años antes, justo desde el día en que María llegó al colegio por primera vez. El 12 de septiembre de 2008.
--Vaya…
--Pero Miguel es soso --continuó el niño--. Me gustaría tener un nombre sonoro, especial, un nombre imposible de olvidar… La mitad de las veces, Marta, la de Lengua, me llama Manuel…
--Marta es un desastre para los nombres. A mí me llama Martina.
--Ya, pero si me llamara Carlos Roberto, como el protagonista de “Amor infinito”, pues lo recordaría…
María se rió con su risa cantarina y enseguida preguntó:
--¿Tu madre ve “Amor infinito”?
--Mi madre, mi abuela y mi hermana, a pesar de lo pequeña que es. Y yo creo que mi padre también, aunque se hace el dormido.
--Ya. En casa también la vemos. Pero es que nadie se puede olvidar del nombre de Carlos Roberto porque, además, Carlos Roberto es muy guapo y… huy… --María se calló súbitamente. Tenía la impresión de que había metido la pata. ¿Cómo arreglarlo? Claro, ya estaba. Siguió hablando--: Hay nombres sonoros y que se recuerdan siempre, pero son muy feos. Sisebuto, por ejemplo. ¿Te gustaría llamarte Sisebuto?
--Sisebuto, ¡no! --vaya idea, Miguel tuvo que reírse y su risa tranquila, pausada, se unió a la chispeante de María.
Tamtanes y campanillas. Los tamtanes y las campanillas casaban bien juntos.
Ambos se fueron corriendo, saltando y riendo, camino de casa. Y la música de percusión se quedó colgando del aire.



II

No, no quería llamarse Sisebuto, claro que no. Ni Carlos Roberto, a pesar de lo que había dicho, que sonaba bastante cursi la verdad. Pero tal vez Alejandro, sí. Como Alejandro Fernández de la Encina y López Puelles, que se sentaba en el segundo pupitre de la derecha empezando por delante. Ramiro, el de Sociales, le estaba diciendo siempre que Alejandro era nombre de emperador. A Alejandro de Macedonia le apodaban Alejandro Magno, Alejandro “El Grande”, nada menos. Tampoco es que él quisiera ser un conquistador, un emperador, un político, para nada. Ni, desde luego, un futbolista, como Raúl González, que encima se llamaba como su ídolo, el futbolista que había jugado tantos años en el Real Madrid. No. Pero ¿escritor? --Miguel pasó la mano suavemente por el cuaderno que tenía cerrado sobre el escritorio. Era de cuadros escoceses, azul y negro, y se lo había regalado Ricardo por su último cumpleaños. Cuando le dio el paquete envuelto, Ricardo puso cara de extrañeza y se apresuró a decir “Lo ha comprado mi madre. Si no te gusta, lo puedes cambiar en la papelería de la calle Mayor”. Al abrirlo Miguel se encontró con el cuaderno, y le gustó muchísimo, todo hay que decirlo. Sin embargo, se esforzó en no poner cara de que le gustara, no fuera a ser que Ricardo pensara que era un bicho raro más raro todavía de lo que ya era.
Por la noche, ya en su cuarto, lo abrió con cuidado y en la primera hoja escribió su nombre con letras grandes y rebuscadas, ésas con las que encabezaba los trabajos cuando quería que los profesores le pusieran buena nota.

MIGUEL HERNÁNDEZ

Aquel Miguel Hernández quedó chulo, pero no se reconvirtió en Alejandro Magno. Para nada. No, decididamente Miguel Hernández no era nombre de escritor, y menos de escritor importante.
Porque él, aunque no lo supiera nadie, ni en clase, ni en casa, iba a ser escritor. Y escritor importante. Y si hacía falta se cambiaba de nombre...



III

El cuaderno pasó un tiempo vacío. Cerrado. Sobre el escritorio.
Pero un día, sin saber muy bien cómo, comenzó a llenarse. Misteriosamente.
Miguel no era consciente del motivo por el que escribió la primera frase, ni la segunda, ni la tercera. Sólo recordaba que estaba triste, que la mañana había sido larga y que Ricardo se había olvidado de llevarle el libro de fotos de árboles que le había prometido. No era por tener que esperar un día más a ver las fotos, no. Era porque eso significaba que, en cuanto llegaba a casa después de clase, Ricardo se olvidaba de él. Así que ellos dos no debían de ser tan amigos como Miguel creía.
Raúl tenía a Jorge, Carlos Roberto a Nacho, María a Inés. ¿Y él? Él sólo tenía a Ricardo a ratos. Y a María algunas veces… Así que abrió el cuaderno por la segunda hoja y escribió:

A ratos acompañado,
a ratos solo.
A veces contigo.
A veces sin ti.
Hay muchas voces en clase
y sólo una dentro de mí.


Luego puso la fecha: 15 de marzo de 2009. Y ya nunca la olvidó. 15 de marzo de 2009, la fecha de la inauguración de su diario.
A partir de ese instante las hojas comenzaron a llenarse y a llenarse. Había días que escribía tan sólo una palabra; otros, tres o cuatro frases, y días en que el bolígrafo corría veloz, por su cuenta y riesgo, y saltaba de una idea a otra sin descanso. Y cuando quería darse cuenta había llenado por lo menos diez páginas con una letra cada vez más chiquitita para que el cuaderno no se acabara todavía. Vaya, esos días, ni siquiera se fijaba en la hora que era y cuando su madre le llamaba, descubría de pronto que la muñeca le dolía del esfuerzo de escribir, pero descubría también que la tristeza del principio se había diluido entre las páginas del diario y una sonrisa de oreja a oreja le empujaba a comentar las peripecias de la jornada durante la cena.
--Hoy Carlos Roberto y Nacho se han peleado --comentó aquella noche cogiendo el tenedor.
--Pero ¿no eran tan amigos? --dijo su padre levantando la vista del plato de verduras.
--Eso creía yo… Estábamos en el patio y Ramiro ha tenido que sujetar a Nacho para que no saltara sobre el otro.
--Hasta los amigos más amigos se pelean algunas veces --explicó su madre mientras le arreglaba el babero a Beatriz, que lo llevaba torcido--. Precisamente cuanto más uña y carne son, más fuertes son las peleas que pueden llegar a tener. Eso es así.
--¿Uña y carne? --preguntó Miguel mirándose los dedos de la mano. Allí estaba otra de las frases hechas de su madre. Tenía muchas. Era la persona de todas las que conocía que más frases hechas guardaba en la cabeza. Y él de mayor quería recordarlas todas. No se le podía escapar ni una.
--Sí, sí, míratelas bien: ¿dónde empieza la carne y acaba la uña? ¿A que no lo sabes? Están tan unidas, tan unidas, que no se puede precisar. Pues eso pasa con algunas personas, por eso son uña y carne.
Aquella noche, antes de meterse en la cama, Miguel escribió en su cuaderno:

Ser uña y carne,
ser dos en uno.
Para lo bueno,
para lo malo.
Para el amor,
para la riña.
Tú para mí.
Yo para ti.


Releyó el poema varias veces. Luego cogió el bolígrafo y añadió en la cabecera, con una letra algo más pequeña: Para María.

IV

Era hora de merendar. El padre de Miguel comenzó a meter kiwis y plátanos en la licuadora. La madre del chico entró con Beatriz en brazos.
--Saca los vasos de la alacena, Miguel, por favor.
--Voy… --pero, a pesar de lo dicho, no fue. Se quedó mirando a sus padres y preguntó:
--¿Os gustaría que yo me llamara Carlos Roberto?
--Nooooo… --contestaron los dos a la vez y su madre añadió:
--¡Cómo se te ocurre! Nos gusta que te llames Miguel.
--Ah, ¿sí?
--Claro, por eso te pusimos ese nombre --confirmó su padre sirviendo el zumo en los vasos que él mismo había sacado de la alacena.
Beatriz ya estaba sentada en la trona, dispuesta a merendar su papilla.
--Yo creía que me llamaba Miguel por el abuelo.
--Por el abuelo y porque nos gusta el nombre. Si el abuelo se hubiera llamado Anastasio, por ejemplo, no te habríamos bautizado con su nombre --respondió su madre.
“Bufff, menos mal.”
Bueno, eso le tranquilizó algo, pero no del todo. Ya que había comenzado, iba a seguir indagando.
--Pero no hay ningún futbolista que se llame Miguel…
--Alguna habrá, seguro. ¿Antonio? --preguntó su madre, mirando a su marido, que en lo del fútbol andaba más versado que ella.
--Claro que sí. Mmmm…, mmm…, ya está: Miguel Brito, del Valencia.
--¿Es que quieres tener nombre de futbolista? --dijo extrañada su madre.
--No, no, de futbolista no. Un nombre de alguien importante: un científico, un astronauta, un escritor… --ya está: lo había dicho.
Su madre sonrió ligeramente, se acercó a él y le dio un beso en la frente.
--Tienes nombre de escritor, Miguel. Miguel Delibes, un gran escritor español. Y tienes nombre de personaje de Julio Verne, nada menos: Miguel Strogoff, el correo del zar, todo un aventurero…
--¿Sí? --ahora Miguel sonreía también. Vaya, eso estaba mucho mejor. Mañana mismo se lo contaría a María. Pero sorprendentemente su madre no había terminado todavía.
--Y, mejor aún, tienes nombre y apellido de poeta: Miguel Hernández, uno de los poetas españoles más importantes del siglo XX.
--¡De poeta!
Ahora Miguel se quedó muy serio y estuvo a punto de revelar su secreto. Esa tremenda casualidad de que él, llamándose como se llamaba, también escribía versos. Pero no, todavía no quería enseñar sus escritos a nadie. Aún no.
--Bébete el zumo, hijo --dijo su padre pasándole el vaso y él lo cogió sin rechistar mientras la palabra “poeta” iba y venía por su cabeza. De la sien derecha a la sien izquierda, de la sien izquierda a la sien derecha, rebotando una y otra vez. Ping-PONG. Poeta-POETA, poeta-POETA...
Comenzó a beber sin saber siquiera lo que hacía, pero enseguida se detuvo porque su madre dejó la cuchara de la papilla sobre la mesa y musitó:
--¿Cómo es? "En la cuna del hambre mi niño estaba. Con sangre de cebolla se amamantaba…" Vaya, no recuerdo más, pero…
“¿En la cuna del hambre? ¿Qué era aquello?”
--Miguel Hernández era pobre, un pastor, y en su casa no debían de tener más que unas cebollas para comer… --añadió ella.
--Yo… me llevo el zumo a la habitación. Tengo que terminar los deberes.
Y sin darles tiempo a decir más, el chico se metió en su cuarto.
Cogió el cuaderno y escribió:

Miguel Hernández era un poeta y yo me llamo como él. Voy a ser poeta. Ahora lo sé. Está escrito.

Y se rió porque, efectivamente, estaba escrito: acababa de escribirlo él mismo.
Después, siguió escribiendo, escribiendo y escribiendo. Hasta la hora de la cena. El vaso de zumo se quedó a la mitad. No tuvo tiempo de acabarlo.



V

Al día siguiente, al volver del colegio por la tarde, en casa le esperaba toda una sorpresa.
--Toma, Miguel --le dijo su madre pasándole un paquete envuelto en papel rojo--. Papá ha ido a comprarlo al salir del trabajo. Hemos pensado que te gustaría tenerlo.
--¿Es un regalo para mí? Si no es mi cumpleaños…
--Bueno, hemos hecho una excepción --comentó su padre. Hoy tienes un regalo, aunque no sea tu cumpleaños. Te lo mereces. Vamos, ¡ábrelo!
Le encantaba que le hicieran regalos inesperados. Imaginar qué podía haber allí dentro, antes de arrancar el papel sin más. Le dio la vuelta, tocó los bordes. Era algo rectangular, grande, duro. ¿Un libro? ¿Sería la novela de Julio Verne? Pero no, no tenía forma de novela… Podía ser un libro, sí, pero no una novela. Lo abrió por fin y se encontró con un libro, efectivamente. Un libro grande, de tapas duras, blanco, muy blanco, con unas flores rojas diseminadas por la cubierta. Entre las flores, con letras de imprenta azules, destacaba el título:

Tu primera antología:

Miguel Hernández


¡Qué sensación! Era como si el propio libro se lo estuviera diciendo a él mismo: “Miguel Hernández, aquí tienes tu primera antología, escrita por Miguel Hernández. Tuya porque tú la recibes, de él porque él la escribió. Para ti.”.
Estaba tan emocionado que apenas pudo susurrar su “gracias”. Se sentó en el sofá del cuarto de estar y comenzó a pasar las páginas. Con mucho cuidado para que el papel satinado no se rompiera. Y de pronto su mirada se quedó fija en un montón de aes:

¡Oh, qué carcajadas
tan disparatadas
las de las granadas!

…/…

Las granadas eran unas frutas. ¿Se reían como las personas? No, en la vida real, no. Pero en el poema, sí; en el poema podían reírse, ¿por qué no? Si las partías en dos, los granos de dentro, tan rojos, parecían las encías de una boca enorme, abierta de par en par, riéndose a carcajadas gigantescas: ¡JA, JA, JA, JA, CAR-CA-JA-DA; JI, JA, JA, JA, JA, DIS-PA-RA-TA-DA; JA, JA, JA, GRA-NA-DA…!

Sus ojos saltaron a otro poema que hablaba del día de Reyes:

…/…

Y al andar la alborada
removiendo las huertas,
mis abarcas sin nada,
mis abarcas desiertas.

…/…

“Mamá dijo que Miguel Hernández era pobre… No tenía regalos el día de Reyes. Nada en los zapatos, sus abarcas”.

Y un poema más:

…/…

Pena que vas, cavilación que vienes
como el mar de la playa a las arenas.

Como el mar de la playa a las arenas
,
…/…

“Como el mar de la playa a las arenas…”, sonaba a música. Como las olas del mar que van y vienen. Una y otra vez, PLAS, PLAS… Por eso repetía la frase. Sus cavilaciones, sus pensamientos, eran un vaivén, iban y venían por su cabeza. Igual que la palabra “poeta” en la mente de Miguel. Ping-PONG…



VI

María abrió el papelito doblado en cuatro. Se lo había pasado Inés, su compañera de pupitre, y a ella, Ricardo, que se sentaba al lado de Miguel. Lo alisó y descifró la letra inconfundible de su amigo:

En el recreo te espero en la fuente. Es importante.

Vaya… de qué se trataría…

En cuanto sonó el timbre, María cogió el bocadillo que ya había sacado de la mochila y salió corriendo rumbo al patio. La fuente estaba en un rincón protegido por cuatro árboles. Y como hacía años que la dirección había cortado el agua para que no acabaran todos empapados, por allí jamás se acercaba nadie. Era un lugar que invitaba a las confidencias. Fue la primera en llegar. Se sentó en el banco de piedra que rodeaba el pilón. Miró el reloj, nerviosa. Para eso había corrido tanto…
--Hola.
Levantó la cabeza. Allí estaba Miguel. Y traía una bolsa de plástico bajo el brazo. Estaba serio.
--Hola --respondió ella sonriendo y, sin ser consciente de lo que hacía, extendió la mano hacia delante, como invitándole a sentarse a su lado.
El chico adelantó dos pasos, pero se quedó de pie, frente a ella.
--Ayer te conté lo que había descubierto. Eso de que mi nombre no es soso, que es un nombre muy especial porque es el nombre de un poeta importante --se quedó callado, la miró largamente y continuó--: Pero no me hiciste mucho caso…
--¿Que no te hice caso? --dijo María muy sorprendida--. Síííííííííí… Siempre hago caso a todo lo que dices --añadió en tono algo más bajo--. Lo que pasa… lo que pasa es que a mí me da igual que ese señor se llamara como tú. El que me importa eres tú.
“El que me importa eres tú”, eso sonaba bien. En casa apuntaría esa frase en el cuaderno, debajo pondría María Blanco y la fecha: 20 de diciembre de 2010. Pero ahora no se le podían ir las ideas que tenía en la cabeza. Él ya había preparado su discurso y no podía cambiarlo por mucho que María lo trastocara con sus palabras. Así que dio dos pasos más, se sentó en el banco y continuó:
--Ya, bueno. Por si acaso te he traído la prueba.
--¿La prueba?
--Sí, el libro que me regalaron mis padres --explicó sacando la antología de la bolsa. La puso del derecho para que se viera bien el título y se la entregó a su amiga.
Ella pasó los dedos por encima de aquellas letras azules -“Mi primera antología: Miguel Hernández”- que sobresalían del papel y dijo, clavando su mirada gris en la mirada azul de Miguel:
--Debe de ser bonito que tu nombre aparezca en la cubierta de un libro...
--Sí… Yo… --no, aún no. Cada cosa a su tiempo. Ahora tocaba enseñarle la estrofa del libro que había seleccionado para ella--. He estado leyendo todos los poemas del libro. Algunos son raros y no los entiendo bien. Pero me gustan las palabras; cómo suenan, ¿sabes? Y hay uno que me ha recordado a ti. Está en la página 85 --dijo pasando las páginas muy deprisa--. Aquí, mira:

…/…
Ríe. Contigo
venceré siempre al tiempo
que es mi enemigo
.
…/…

María lo leyó con atención y, luego, levantó la cabeza mientras emitía una risa tímida. Enseguida abrió mucho los ojos y se rió de haberse reído.
--¿Por qué te recuerda a mí? --preguntó al fin.
--Porque… porque tu risa puede con todo --contestó él y, sin esperar más, ni dar muestras de haber notado que la risa de María se había vuelto sonrisa seria, decidió pasar a la tercera parte del plan--. Toma --dijo, entregándole un papel doblado en dos. Éste es mi regalo de Navidad. Para ti.
La niña desplegó el papel con pulso inseguro y se encontró con otro poema:

Para María

Ser uña y carne,
ser dos en uno.
Para lo bueno,
para lo malo.
Para el amor,
para la riña.
Tú para mí.
Yo para ti.


--¿También es de Miguel Hernández? --preguntó con voz temblorosa.
--De Miguel Hernández Mas, que soy yo --dijo él, rozándole la mano.
--Pero ¿tú también eres poeta? --dijo ella extrañada.
--Escribo versos, sí.
--Entonces, vas a tener que firmármelo. ¿Tienes boli?
Por supuesto que Miguel tenía boli, jamás se separaba de su Bic de punta fina verde por lo que pudiera pasar.
Así que debajo del último verso del poema dedicado a María el chico escribió la firma que había ensayado en casa y que, a partir de ahora, sería ya siempre la suya:

Miguel H. Mas

No quería que sus poemas se confundieran con los de Miguel Hernández. Por el poeta y por él mismo. Cada uno tenía su estilo, cada uno era una persona distinta.
--Miguel --dijo entonces María--, algún día tú también publicarás un libro de poemas como éste y pondremos los dos juntos en nuestra librería, ¿sí?
“Nuestra librería…”.
Entonces, uno y otra fijaron la vista en sus manos, que se habían unido sin preguntarles.

miércoles, 20 de octubre de 2010

UN DÍA GUAPO

Dos cositas:
Primera, os recomiendo que visitéis el blog (nuestraaparenterendicion.blogspot.com)que gestiona la escritora Lolita Bosch en el que se tratan distintos temas relacionados con la cada vez mayor inseguridad de México. Colaboran muchos escritores conocidos. Además, Lolita invita a todas las mujeres que quieran participar a enviar un texto corto, de cinco líneas, hablando de la tragedia de las mujeres de Ciudad Juárez. Ya hay muchos textos colgados de la página, pero ¡necesitan muchos más! Es un drama que no debe quedar en el olvido. Para hacerlo, únicamente es necesario mandar un mail con el texto a nuestraaparenterendicion@gmail.com

Segunda, ayer, 19 de octubre, fue un día guapo. ¿Por qué? Asistí al acto de entrega del Premio Cervantes Chico 2010 a Fernando Lalana. El premio, que entregó la Princesa Doña Letizia, es un galardón que otorga todos los años el Ayuntamiento de Alcalá de Henares junto con la Asociación de Libreros y Papeleros de la ciudad. Fernando Lalana tiene una amplísima obra a sus espaldas que va destinada a niños y jóvenes de todas las edades y con todos conecta gracias a su humor, a un ingenio a prueba de bombas y a una de las prosas más correctas de la literatura actual. Después de los premios El Barco de Vapor, Gran Angular, Jaén, Nacional, etc... (algunos recibidos en varias ocasiones) éste debía ser de los pocos que no tenía. Así que ahí está, merecidísimo. Estoy segurísima de que disfrutó mucho del acto, acompañado además de unos trescientos niños, que se lo pasaron en grande con él. Tanto como los adultos que también estábamos. Por eso fue guapo el día, porque siempre es agradable asistir a la felicidad de un compañero -y amigo- de profesión, compartirla con él y con los suyos. Y porque junto a él había también otros autores, que disfrutaron de su compañía y de su felicidad, en una muestra de que este gremio cuando quiere sabe ser "piña". Y, además, siempre es agradable que las autoridades se preocupen por la LIJ, crean en la necesidad de apostar por ella a cada momento, la fomenten y regalen libros. Y es que ayer celebramos además una fiesta del libro y de la lectura por todo lo alto -aunque no fuera 23 de abril- porque todos los niños salieron con libros nuevos bajo el brazo. Y un secreto, también las infantas Leonor y Sofía recibieron los suyos. Entre ellos, "Josete y Bongo van de safari" (Macmillan), un cuento que inventé con mi sobrina hace unos años. Lo dicho, un día guapo. En toda regla.