domingo, 9 de julio de 2017

LA FALSA INDEPENDENCIA DE LOS NIÑOS EN LA LIJ

Me paso el día leyendo libros para niños y jóvenes. Algunos están ya publicados en otros países, otros son originales pendientes de decisión. Unos pocos me gustan mucho, muchos me resultan absolutamente indiferentes, los más me horripilan. Pero casi todos ellos -igual que sucedía cuando yo era una niña lectora- están protagonizados por niños libres, independientes, que toman constantemente sus propias decisiones y a los que nadie -¿unos padres, quizá?- les dicen lo que tienen que hacer y, sobre todo, a qué hora tienen que estar en casa. No hablo solo de libros de género fantástico, estoy hablando de novelas realistas que pretenden reflejar el mundo actual. ¿Se ajusta esa independencia a la realidad de hoy? No lo creo… ¿Dónde están esos padres sobreprotectores que llevan a sus hijos en el coche a todas partes, que los van a recoger de sus actividades cotidianas, que no los dejan ni a sol ni a sombra, que no paran de llamarlos al móvil ni los sueltan literalmente de su mano? De aparecer, lo hacen en muy contadas ocasiones y, precisamente, para que se les repruebe su actitud a lo largo de la historia. Pero son casos aislados. Lo más común es la casi ausencia de adultos, como si estos fueran seres fantasmagóricos -de figura lejana, desvaída- que están pero no están para mayor confort de protagonistas y lectores. No es algo nuevo. Cuando de pequeños, los de mi generación leíamos los libros de Los Siete Secretos y de Los Cinco, admirábamos y envidiábamos a partes iguales a esos personajes que iban de excursión solos a los acantilados, con la única compañía de su perro y una cesta de mimbre llena de alimentos extraños. Los padres, los tíos se quedaban en casa, esperando su vuelta, nada más. Nunca hacían amago de entrometerse en sus aventuras. No estaba en sus planes -ni en los de Enid Blyton- que molestasen a los protagonistas. Hoy en día sucede lo mismo. Hay protagonistas niños que investigan sucesos extraños, otros que descubren escabrosos secretos de familia. Algunos caminan kilómetros para reencontrarse con personas queridas, otros aman más de lo que nadie puede imaginar. Se las ven con ladrones, algunos hasta con asesinos. Hacen, deshacen, reflexionan, comprenden, deciden, maduran… En definitiva, avanzan. Mientras, sus padres no acostumbran a enterarse de nada. Su presencia sería muy molesta en una trama en la que los niños se transforman en héroes, en modelos inalcanzables para unos lectores que ansían identificarse con ellos hasta que mamá o papá los llame porque ha llegado la hora de cenar. Los autores lo saben bien y obran en consecuencia.

domingo, 2 de abril de 2017

GLORIA FUERTES, COMPLETA

Sospecho que Gloria Fuertes se agachaba para hablar con los niños, con el fin de decirles las cosas de tú a tú, mirarlos a los ojos y recibir su cariño. Un cariño que la llenaría de orgullo, ¿cómo no? A los adultos, sin embargo, debía de mirarlos de frente para bombardearles las entrañas sin paños calientes. Leyendo ahora sus poemas, descubro que cuando dialoga con nosotros en cada verso, dialoga, sobre todo, consigo misma, con su corazón malherido. Adentrarme en sus poemas es conectar con una persona que, de forma aparentemente sencilla, dice verdades inmensas que se clavan como puñales en mi cuerpo. Emoción pura. Confieso con pudor que la conocía poco y que ayer -al visitar la exposición sobre su vida y su obra, que conmemora el centenario de su nacimiento- la reconocí mucho. Por eso, tengo ya un libro suyo sobre la mesilla, abierto de par en par, deleitándome, desesperándome. El libro de una persona que escribía para personas de 0 a 99 años, como ella misma decía. Todos estamos en esa franja y así es la LITERATURA, nada compartimentada.

domingo, 5 de marzo de 2017

EL LIBRO MÁS VENDIDO DE LA TEMPORADA

Dicen que es el libro más vendido de la temporada y muchos también que el de mayor calidad. Lo estoy leyendo y no voy a opinar sobre su argumento. La literatura es contenido y continente, y aquí me interesa hablar de la forma, mucho más que de la historia. En las críticas previas que había leído, esas que en parte me llevaron a decantarme por su lectura, algunos críticos sesudos elogiaban precisamente lo que a mí -que aún creo en la importancia de las normas de la gramática- no deja de sorprenderme a cada frase. Los críticos hablaban de un estilo “fresco”, “coloquial” que aproximaba el texto a los lectores. Y también decían que era una novela “meditada”, construida con paciencia. Bueno… Está claro que cada lector interpreta a su manera y ve las cosas a su modo. Mientras leo, pienso que el autor debió reflexionar mucho antes de ponerse ante la hoja en blanco, estoy segura de ello porque la trama del libro es intrincada y muchos son los personajes. Pero también creo que, una vez que se puso a escribir, lo hizo a borbotones, con urgencia y que, igual que no se ajustó al orden cronológico de los hechos, tampoco se molestó en detenerse a releer para pulir un estilo que hace aguas por todas partes. ¿Hablamos del punto de vista, de la importancia de elegir la voz narrativa? Es algo que aparece en los primeros capítulos de cualquier manual de redacción que se precie, el tema central de cientos de talleres literarios. Todos recordamos el ejemplo de “Otra vuelta de tuerca”, de Henry James. Allí estaba claro quién escribía la historia, la institutriz, y solo veía lo que ella veía -o creía ver-. Lícito es hoy en día, cómo no, que haya capítulos en boca de un personaje y capítulos en boca de otro. También que siga existiendo un narrador clásico, omnisciente, que tenga toda la información y cuente la historia desde su “trono preferente”. Y, por supuesto, todos ellos pueden convivir dentro de una misma nóvela. ¿A capítulos? Claro. ¿A párrafos? Puede. Pero ¿en una misma frase? Pues bien, “Patria”, de Fernando Aramburu, está plagado de frases que comienzan en tercera y terminan en primera. Y viceversa. ¿Un hallazgo? Para mí no lo es. Como no lo es que el autor haya olvidado -a veces, pero no siempre: y, por tanto, es un olvido- que el castellano tiene la inmensa suerte de contar con guiones, que indican diálogos, y con comillas, que indican pensamientos. O que los puntos suspensivos existen precisamente para mostrar que una frase queda inacabada después de un “que” o de una preposición. Pero no, en este libro se pone un punto al final, ya sea frase acabada o inacabada, y santas pascuas. ¿Este libro ha tenido un editor al uso? ¿Ha tenido este libro un corrector? Ay, me huele que no. La novela ha sido publicada por una editorial, que durante años fue por libre y contó con un prestigio bien ganado, y que hoy en día vive bajo el paraguas del mayor emporio editorial de este país. Pues eso. Por cierto, esta mañana he empezado con gran curiosidad una novela, publicada por Planeta, que promete tensión y suspense. Desde luego, la obra tiene un comienzo impactante y estoy segura de que tendrá muchos lectores porque su autor, guionista y director de cine también, sabe crear adicción. Pero, ay, en la primera página se repite tres veces el mismo error gramatical -tres, sí-: “deber” sin preposición “de” con significado de posibilidad y no de obligatoriedad. Y algunas páginas después, me ha saltado a los ojos un “se escuchó”, así en impersonal, que me ha escocido. Vamos a ver, ya tendría que estar acostumbrada porque últimamente lo veo en todo lo que leo, pero no, no me acostumbro. Escuchar es “prestar atención a lo que se oye” y, por tanto, es imposible emplearlo en impersonal. Cuando un ruido te sorprende y no lo esperabas, no puedes escucharlo sino oírlo. Es así. Por tanto, repito, ¿dónde estaba el corrector también en esta ocasión? Sensación de pena por lo que pudo ser y no es. Así me quedo en ambos casos.

jueves, 8 de diciembre de 2016

HACIA ATRÁS COMO LOS CANGREJOS

Ayer mi tarde placentera -porque tengo entre manos una traducción que es una joya- acabó con un regusto amargo. Una llamada telefónica me hizo pensar en esa frase que cada vez suena más en mi cerebro: "Vamos hacia atrás como los cangrejos". No quisiera que me viniera a la mente cada dos por tres, pero es así. Y ya no hablo de política, que es un tema que me atañe como humilde ciudadana del mundo, no: hablo de cultura, que al fin y al cabo a ella me dedico desde el primer trabajo que tuve, en los primeros años ochenta. En la llamada, una persona muy querida -que, por descontado, no tiene nada que ver con la decisión- me informó de la suspensión de una charla mía en un instituto. El libro está leído, los profesores lo conocen bien, los alumnos no tienen que comprarlo pues tienen ejemplares en la biblioteca... Pero la charla, por esos azares de la vida, no se había pactado a través de la editorial, sino conmigo directamente. Por consiguiente, el pago por toda una mañana de estancia en las aulas no era cosa de la editorial, sino del instituto. Parece ser que en el centro no hay presupuesto para ello -imagino que sí lo habrá para otras circunstancias...- y, en esos casos, se les pide a los alumnos que "colaboren" con dos euros -me dijeron-. Y aquí viene lo bueno, la respuesta de los alumnos -o de sus padres, imagino-: No dan dos euros por una actividad que ni siquiera va a sacarlos del centro. Pues claro que sí, ¿por qué van a dar dos euros por escuchar a una autora hablar de su obra? ¿Por tener la oportunidad de conversar de literatura con alguien que se dedica a escribir de los temas que se supone que les interesan a ellos? Dios mío... ¿Dónde queda el interés por la cultura? ¿La curiosidad? ¿Las ganas de descubrir otros mundos? ¿El ansia de aprender? Desde luego, no en estos chicos/as; tampoco en sus familias, por descontado. ¿Y en el instituto? Mucho menos, porque no ha sabido contagiárselos. Que vayan, que vayan a merendar al campo, y si ese campo es de fútbol, mucho mejor. Confieso que no habría escrito estas palabras si el periódico de hoy no hubiera rematado la faena. En la última página de EL País vuelven a la carga con el asunto de las prohibiciones de determinados libros en los centros escolares americanos. Ay, no. Pues sí, un libro como "Matar a un ruiseñor", que durante décadas ha sido prescrito en miles de escuelas, ahora se prohíbe. Por racista. Vamos a ver: si un lector tiene la capacidad de raciocinio, sabe deducir e interpretar, se dará cuenta de que cualquier buen libro le ofrece la posibilidad de pensar por sí mismo, es una ventana que le muestra el mundo y que le lleva a preguntarse, a sopesar, a clarificar y, finalmente, a decidir. Enseñemos a los jóvenes esas herramientas en casa y en la escuela desde el primer día y ahorrémonos el bochorno de las prohibiciones. ¿Tan difícil es amar la cultura desde la más tierna infancia y saber que la cultura abre puertas siempre? Desde luego, cultura no es cerrar puertas a portazos.

domingo, 27 de noviembre de 2016

UNAMUNO Y LA PAPIROFLEXIA

Ayer fui al cine para ver "La isla del viento", la película que narra parte de la vida de Unamuno, concretamente: su exilio en Fuerteventura. La película me pareció bonita y, sobre todo, muy interesante. La recomiendo... Pero, además, me hizo recordar uno de los primeros reportajes que publiqué en mi vida y que estaba absolutamente borrado de mi mente, qué cosas. Hablaba de Unamuno y su relación con la papiroflexia. Tiene más de treinta años, nada menos, y me resulta toda una curiosidad. Aquí está:

domingo, 8 de mayo de 2016

LOS LECTORES SOMOS MENOS LECTORES

Estaba en COU cuando nació EL PAÍS. La mejor profesora de Literatura que he tenido nunca -una de esas personas capaces de crecerse y contagiarte entusiasmo cuando sienten a fondo- nos llevó de visita a su sede nueva, esplendorosa. Mientras caminábamos por la redacción, mientras imaginábamos las rotativas en movimiento, su mirada -la mirada de Mari Carmen García Arranz- nos indicaba que aquel periódico era distinto, especial y formaba parte de un mundo nuevo. Yo, que deseaba estudiar Periodismo, me “vi” sentada frente a aquellas mesas, pegada al teléfono y a la máquina de escribir, y sentí miedo pero también ilusión: era el futuro, y tal vez fuera también mi futuro. Después, a la hora de la verdad, nunca trabajé en aquella redacción, sí en otra. Pero sí publiqué algunos artículos en EL PAÍS SEMANAL gracias a otra mujer -Rosa Montero- a la que no conocía personalmente pero que siempre acogió con un afectuoso “te lo vamos a publicar” los textos que le presenté. Desde entonces, mi historia ha caminado junto a la historia del periódico, del que soy suscriptora fiel desde hace años. Y, de pronto, no sé muy bien cómo, han pasado cuarenta años. “Veinte años no es nada”, dice el tango, pero cuarenta… cuarenta en este caso no es el doble de nada. El martes pasado, todos los que compramos EL PAÍS habitualmente volvimos a enfrentarnos a la primera portada, la del 4 de mayo de 1976. Vaya, fue un ejercicio curioso: examinándola con detenimiento, me di cuenta de lo mucho que había cambiado la forma que tenemos los lectores de percibir la información, porque, al fin y al cabo, en un periódico los diseñadores no hacen más que amoldarse a los usos y a los gustos de sus lectores, solo eso. Una única foto, pequeña, a una columna, y en blanco y negro por supuesto. El editorial y todas las informaciones -salvo la dedicada al Parlamento Europeo, que ahora descubro que se aumentó, pues no tenía la extensión necesaria- en un cuerpo de letra que casi me atrevo a calificar de “miserable” por lo minúsculo y que, desde luego, nadie hoy osaría emplear en prensa. De hecho, no tiene nada que ver con el cuerpo que utiliza EL PAÍS en la actualidad. ¿Acaso tenían mejor vista los lectores de hace cuarenta años que los de ahora? No, sencillamente no se amedrentaban ni ante un editorial como el del primer día, que mirado con mirada del siglo XXI tiene un aspecto de ladrillo imponente, con tan solo cuatro tímidos puntos y aparte; digo “tímidos” porque casi alcanzan el final de la línea. En fin, que el texto no respira en absoluto. Pero la gente lo devoraba, lo releía, lo reposaba, reflexionaba, lo hacía suyo o lo discutía. Ahora, para que alguien se decida a tomarse el tiempo de leer algo así hay que “engañarle” con el color, con las ilustraciones, ponérselo fácil, dárselo masticado. Ay, aquellos tiempos y estos no son los mismos: la imagen y el ritmo frenético nos han moldeado a su gusto, nos han hecho cómodos. Confieso que yo misma he leído de nuevo ese editorial titulado “Ante la reforma” en diagonal y a salto de mata. ¿Se merece tal agravio esa cubierta “histórica”, inteligente y clarísima en sus intenciones democráticas? Lo cierto es que no.

domingo, 17 de abril de 2016

¿QUÉ HAY EN "MATAR A UN RUISEÑOR" DE "VE Y PON UN CENTINELA"?

Tengo la sensación de que debo de ser la única que no he hablado del tema, pero no quería hacerlo hasta tener las ideas claras tras leer “Ve y pon un centinela” de Harper Lee. Lo cierto es que, ahora que acabo de leer esa primera versión de la novela que posteriormente sería “Matar a un ruiseñor”, mis ideas no están claras. Más bien oscuras, oscurísimas. “Matar a un ruiseñor” es un libro que me gustó y me emocionó en su momento -una obra que recuerdo con mucho cariño y de la que me gusta releer ciertos párrafos que tengo señalados con lápiz-. Y, por descontado, la película que se hizo a partir de ella es una obra colosal, con una señora interpretación de Gregory Peck, por la que recibió un merecidísimo Óscar, en la que el actor se mimetiza desde el primer instante con el sabio y tierno abogado Atticus Finch, paradigma de hombre justo y demócrata. Pero ¿qué es “Ve y pon un centinela”? Desde mi punto de vista, una novela primeriza y absolutamente irregular, a la que le sobran muchas páginas. Como la primera -en realidad, segunda- está narrada por Scout, la hija de Finch, pero aquí no es una niña: tiene veintiséis años y regresa a su casa desde Nueva York para pasar unas vacaciones. Su hermano Jem ha muerto, Dill -su amigo del alma: en quien muchos vieron a Truman Capote- vive lejos, y Boo, el vecino, ni siquiera existe. Scout admira a su padre, lo tiene en un pedestal, pero no le gusta lo que ve. Finch defendió hace muchos años a un joven negro acusado injustamente de violar a una mujer blanca -ese es el tema central de “Matar a un ruiseñor”, aunque aquí el recuerdo de Scout lo ventila en apenas dos páginas-, pero ahora está preocupado como el resto del pueblo por la relevancia que pueden alcanzar los negros. Él está dispuesto a tenderles la mano, a defenderlos en los tribunales si la acusación es inmerecida -la Ley es la Ley-, pero no quiere que ejerzan puestos de influencia en la comunidad, no quiere que detenten el poder. Piensa que no están preparados para ello y cree que no lo estarán jamás. Son ciudadanos de segunda. En fin, Scout y los lectores nos enfrentamos a un Atticus Finch racista y anclado en el pasado con el que no contábamos. A Scout se le desmonta, y a nosotros también. Finalmente, ella lo asume tal como es porque no deja de ser su padre. Pero ¿nosotros? Si tengo claro que “Ve y pon un centinela” es una novela escrita al cien por cien por Harper Lee, ahora que la he leído no puedo pensar lo mismo de “Matar a un ruiseñor”. Tras leer la primera versión, en torno a 1960, el editor -parece ser que no era ni el primero ni el segundo que la recibía- decidió no publicarla, pero sí vio en ella “posibilidades”, indicios suficientes para que su autora la reescribiera e hiciera un libro nuevo. Lee debía centrarse en la actuación de Atticus y en el juicio. Los niños serían unos observadores de los hechos y a través de su mirada el abogado se transformaría en un modelo a seguir. Bueno, es evidente que todo eso está en “Matar a un ruiseñor”, pero ¿tal transformación pudo hacerla Harper Lee en solitario? Podó, cambió caracteres, insufló vida a personas muertas o desaparecidas, inventó personajes nuevos de tanto calado como Boo… En definitiva, hizo un libro absolutamente distinto y merecedor de un Premio Pulitzer. ¿Lo hizo sola? ¿Cuánto hay de ella y cuánto de ese editor preclaro? ¿Fue el editor el que, como tantas otras veces, ejerció de “negro”? Nunca lo sabremos. Y eso es lo que ahora -será deformación profesional- me produce de verdad curiosidad.