domingo, 8 de mayo de 2016

LOS LECTORES SOMOS MENOS LECTORES

Estaba en COU cuando nació EL PAÍS. La mejor profesora de Literatura que he tenido nunca -una de esas personas capaces de crecerse y contagiarte entusiasmo cuando sienten a fondo- nos llevó de visita a su sede nueva, esplendorosa. Mientras caminábamos por la redacción, mientras imaginábamos las rotativas en movimiento, su mirada -la mirada de Mari Carmen García Arranz- nos indicaba que aquel periódico era distinto, especial y formaba parte de un mundo nuevo. Yo, que deseaba estudiar Periodismo, me “vi” sentada frente a aquellas mesas, pegada al teléfono y a la máquina de escribir, y sentí miedo pero también ilusión: era el futuro, y tal vez fuera también mi futuro. Después, a la hora de la verdad, nunca trabajé en aquella redacción, sí en otra. Pero sí publiqué algunos artículos en EL PAÍS SEMANAL gracias a otra mujer -Rosa Montero- a la que no conocía personalmente pero que siempre acogió con un afectuoso “te lo vamos a publicar” los textos que le presenté. Desde entonces, mi historia ha caminado junto a la historia del periódico, del que soy suscriptora fiel desde hace años. Y, de pronto, no sé muy bien cómo, han pasado cuarenta años. “Veinte años no es nada”, dice el tango, pero cuarenta… cuarenta en este caso no es el doble de nada. El martes pasado, todos los que compramos EL PAÍS habitualmente volvimos a enfrentarnos a la primera portada, la del 4 de mayo de 1976. Vaya, fue un ejercicio curioso: examinándola con detenimiento, me di cuenta de lo mucho que había cambiado la forma que tenemos los lectores de percibir la información, porque, al fin y al cabo, en un periódico los diseñadores no hacen más que amoldarse a los usos y a los gustos de sus lectores, solo eso. Una única foto, pequeña, a una columna, y en blanco y negro por supuesto. El editorial y todas las informaciones -salvo la dedicada al Parlamento Europeo, que ahora descubro que se aumentó, pues no tenía la extensión necesaria- en un cuerpo de letra que casi me atrevo a calificar de “miserable” por lo minúsculo y que, desde luego, nadie hoy osaría emplear en prensa. De hecho, no tiene nada que ver con el cuerpo que utiliza EL PAÍS en la actualidad. ¿Acaso tenían mejor vista los lectores de hace cuarenta años que los de ahora? No, sencillamente no se amedrentaban ni ante un editorial como el del primer día, que mirado con mirada del siglo XXI tiene un aspecto de ladrillo imponente, con tan solo cuatro tímidos puntos y aparte; digo “tímidos” porque casi alcanzan el final de la línea. En fin, que el texto no respira en absoluto. Pero la gente lo devoraba, lo releía, lo reposaba, reflexionaba, lo hacía suyo o lo discutía. Ahora, para que alguien se decida a tomarse el tiempo de leer algo así hay que “engañarle” con el color, con las ilustraciones, ponérselo fácil, dárselo masticado. Ay, aquellos tiempos y estos no son los mismos: la imagen y el ritmo frenético nos han moldeado a su gusto, nos han hecho cómodos. Confieso que yo misma he leído de nuevo ese editorial titulado “Ante la reforma” en diagonal y a salto de mata. ¿Se merece tal agravio esa cubierta “histórica”, inteligente y clarísima en sus intenciones democráticas? Lo cierto es que no.

domingo, 17 de abril de 2016

¿QUÉ HAY EN "MATAR A UN RUISEÑOR" DE "VE Y PON UN CENTINELA"?

Tengo la sensación de que debo de ser la única que no he hablado del tema, pero no quería hacerlo hasta tener las ideas claras tras leer “Ve y pon un centinela” de Harper Lee. Lo cierto es que, ahora que acabo de leer esa primera versión de la novela que posteriormente sería “Matar a un ruiseñor”, mis ideas no están claras. Más bien oscuras, oscurísimas. “Matar a un ruiseñor” es un libro que me gustó y me emocionó en su momento -una obra que recuerdo con mucho cariño y de la que me gusta releer ciertos párrafos que tengo señalados con lápiz-. Y, por descontado, la película que se hizo a partir de ella es una obra colosal, con una señora interpretación de Gregory Peck, por la que recibió un merecidísimo Óscar, en la que el actor se mimetiza desde el primer instante con el sabio y tierno abogado Atticus Finch, paradigma de hombre justo y demócrata. Pero ¿qué es “Ve y pon un centinela”? Desde mi punto de vista, una novela primeriza y absolutamente irregular, a la que le sobran muchas páginas. Como la primera -en realidad, segunda- está narrada por Scout, la hija de Finch, pero aquí no es una niña: tiene veintiséis años y regresa a su casa desde Nueva York para pasar unas vacaciones. Su hermano Jem ha muerto, Dill -su amigo del alma: en quien muchos vieron a Truman Capote- vive lejos, y Boo, el vecino, ni siquiera existe. Scout admira a su padre, lo tiene en un pedestal, pero no le gusta lo que ve. Finch defendió hace muchos años a un joven negro acusado injustamente de violar a una mujer blanca -ese es el tema central de “Matar a un ruiseñor”, aunque aquí el recuerdo de Scout lo ventila en apenas dos páginas-, pero ahora está preocupado como el resto del pueblo por la relevancia que pueden alcanzar los negros. Él está dispuesto a tenderles la mano, a defenderlos en los tribunales si la acusación es inmerecida -la Ley es la Ley-, pero no quiere que ejerzan puestos de influencia en la comunidad, no quiere que detenten el poder. Piensa que no están preparados para ello y cree que no lo estarán jamás. Son ciudadanos de segunda. En fin, Scout y los lectores nos enfrentamos a un Atticus Finch racista y anclado en el pasado con el que no contábamos. A Scout se le desmonta, y a nosotros también. Finalmente, ella lo asume tal como es porque no deja de ser su padre. Pero ¿nosotros? Si tengo claro que “Ve y pon un centinela” es una novela escrita al cien por cien por Harper Lee, ahora que la he leído no puedo pensar lo mismo de “Matar a un ruiseñor”. Tras leer la primera versión, en torno a 1960, el editor -parece ser que no era ni el primero ni el segundo que la recibía- decidió no publicarla, pero sí vio en ella “posibilidades”, indicios suficientes para que su autora la reescribiera e hiciera un libro nuevo. Lee debía centrarse en la actuación de Atticus y en el juicio. Los niños serían unos observadores de los hechos y a través de su mirada el abogado se transformaría en un modelo a seguir. Bueno, es evidente que todo eso está en “Matar a un ruiseñor”, pero ¿tal transformación pudo hacerla Harper Lee en solitario? Podó, cambió caracteres, insufló vida a personas muertas o desaparecidas, inventó personajes nuevos de tanto calado como Boo… En definitiva, hizo un libro absolutamente distinto y merecedor de un Premio Pulitzer. ¿Lo hizo sola? ¿Cuánto hay de ella y cuánto de ese editor preclaro? ¿Fue el editor el que, como tantas otras veces, ejerció de “negro”? Nunca lo sabremos. Y eso es lo que ahora -será deformación profesional- me produce de verdad curiosidad.

martes, 16 de febrero de 2016

CONVERSACIÓN SOBRE ENDE CON NOEMÍ RISCO

El viernes, 12 de febrero, en la Casa del Lector, Noemí Risco -www.noemirisco.me-, traductora y especialista en LIJ, me realizó la siguiente entrevista con motivo de la aparición de mi libro "El hijo del pintor", basado en la infancia de Ende. Aquí va el texto completo para todos aquellos que no pudieron asistir al acto. Marinella Terzi además de ser la traductora de algunas obras de Michael Ende, como El ponche de los deseos o El secreto de Lena, también fue editora durante veintiún años de SM y actualmente, aunque sigue realizando trabajo editorial, lo desempeña como autónoma y lo combina con la escritura de sus propios libros. El hijo del pintor, editado por Anaya en 2015, es una de sus últimas publicaciones y está inspirado en la infancia de Michael Ende. -¿Cómo se te ocurrió la idea de escribir este libro? Creo que la idea bullía desde hace muchos años en mi cabeza, pero sí hubo un detonante. En realidad, Ende siempre ha sido un autor por el que he sentido gran admiración y, además, por esas casualidades de la vida, he tenido la oportunidad de acercarme a su obra y a su persona en varias ocasiones. Empecé a leerle a los ocho, nueve años, cuando no sabía nada de él. “Jim Botón y Lucas el maquinista”, el primer libro que él escribió, fue también el primer libro que leí yo de él, y me gustó muchísimo. Después vino la segunda parte: “Jim Botón y los trece salvajes”. Son dos libros que todavía conservo desde mi infancia. A pesar de los cambios de vivienda que ha habido, siempre han ido conmigo. Muchos años después, cuando yo ya era adulta, llegó “La Historia Interminable”. En esa época la novela me dejó sorprendidísima, era algo absolutamente diferente a lo que había leído hasta entonces. En ese momento decidí indagar más sobre su obra y descubrí que era el autor de aquellos dos libros que habían marcado mi infancia. Luego vendrían “Momo” y tantos otros, y, con el paso de los años, la posibilidad de traducirle e, incluso, de conocerle personalmente. Descubrí que su padre era pintor, y pintor surrealista, además. La pintura, y la pintura surrealista concretamente, me interesan. Ya en un libro anterior –“Falsa naturaleza muerta”- hablé de ellas. Como escritora, siempre he tenido claro que, por mucha ficción que escribamos, todo lo que creamos tiene que ver íntimamente con nuestra forma de ser y con nuestra vida. Estoy convencida de que Ende imaginó y escribió lo que escribió porque vivió lo que vivió junto a unas determinadas personas: y su padre era, sin duda, una de las que más le influyeron. El detonante que me hizo ponerme a novelar su infancia en “El hijo del pintor” fue un libro de un autor alemán, Alois Prinz, y la forma de llegar a él también fue absolutamente casual. Por mi trabajo como lectora freelance tuve que hacer el informe de una biografía sobre Jesucristo que había escrito Prinz. Me gustó el libro, busqué datos del autor en Internet y descubrí que tenía un libro titulado “Rebellische Söhne”, que hablaba justamente de las relaciones entre distintos padres e hijos, entre ellos, Edgar Ende y su hijo Michael. Encontré el libro en la librería alemana de Madrid, lo leí y, a partir de ahí, mi idea empezó a materializarse. -Algunas de las anécdotas que cuentas, como el encuentro de Edgar Ende y Luisa Bartholomä, las he reconocido. Cuando mencionas, por ejemplo, el armario que le pintó el padre me hizo mucha gracia porque lo vi en persona en el museo de Múnich. ¿Cómo te documentaste para los datos auténticos de esta historia? Me llamó la atención que al niño lo llamen Micha, ¿era así en realidad? Básicamente el libro que yo he escrito es ficción. En él hay personajes y hecho inventados de principio a fin, pero intento retratar la atmósfera en la que se movía Ende de pequeño: un mundo lleno de arte y cultura, pero también duro, falto de libertad y resquebrajado por el nazismo. Ahora, es verdad que en él he introducido vivencias y objetos reales que aparecen en las distintas fuentes de las que me serví: el primer encuentro entre los padres del escritor proviene de esas fuentes, concretamente del libro de Alois Prinz y también está reflejado en la página web oficial del autor. Hablar de cómo empezó la relación entre los padres del escritor me parecía casi imprescindible para comenzar mi libro y creo que esa mercería, llena de cachivaches y de piedras, tiene un toque muy literario, y muy de Ende, además. El armario era importante para Ende y por eso lo empleé en mi historia. Era un regalo de su padre y estaba decorado por él. Yo quise ir más allá y utilizarlo como un símbolo. En mi libro, en la parte trasera del armario, Edgar Ende pinta el horror, eso que ocurre al lado de sus hogares y que en teoría los alemanes de a pie no conocen: personas desaparecidas, vejadas, masacradas. Después, él también las hace desaparecer a brochazos negros: se las traga la nada de los hombres grises. En cuanto al nombre del niño, no tengo ni idea de cómo le llamaban familiarmente en casa. Pero Micha es el diminutivo de Michael, así que no es tan descabellado pensar que fuera así. En “El hijo del pintor” yo hablo básicamente del hogar y, por eso, necesitaba un apelativo cariñoso, algo usual entre padres e hijos. Además, no quería emplear el nombre con el que Ende es reconocido por todos sus lectores. Entonces él no era todavía el Michael Ende que escribía libros, era solo un niño pequeño, reflexivo, imaginativo, que absorbía lo que tenía a su alrededor y, así, modelaba su carácter; alguien que, un día, años después, acabaría siendo el escritor Michael Ende, con todas las letras. -En su lectura también nos encontramos con referencias continuas a obras de Michael Ende: tortugas centenarias, el tiempo, los hombres grises, desiertos multicolores, dragones de la suerte… El hijo del pintor claramente está dirigido a un público infantil, pero como Ende, ¿pensabas también en posibles lectores adultos que ya hubieran leído esas novelas? Sí, es lógico que fuera así, porque si en sus obras Ende hablaba reiteradamente de las tortugas o del tiempo, es porque le interesaban estos temas. E imagino que sería desde siempre, desde su infancia, que es cuando se forja el carácter de las personas. Aunque el libro es corto, los editores hicieron muy bien incluyéndolo en la serie Azul, destinada a niños a partir de 12 años. Pienso que es un libro que se puede leer como una historia de ficción más, sin ni siquiera saber que los personajes existieron en la realidad. Pero también creo que eso ocurre en un primer estrato y este libro tiene varios niveles más. En ese sentido, pienso también que puede interesar a los adultos, cómo no, y si son admiradores de Ende, mejor que mejor. Cada lector elige -consciente o inconscientemente- dónde quedarse, contentarse con hacer un agujero diminuto o excavar un hoyo profundo. Yo trato de darles las herramientas, la pala para cavar, pero ellos deciden hasta dónde llegar. -Al hilo de las referencias a sus libros, hay un momento en el que describes a Michael Ende en el patio del colegio rodeado de un corro de niñas a las que les apasionaban sus historias y entre ellas está Krista. Ese nombre me suena de algo… Bastián tenía una amiga llamada así, bueno, escrito diferente, Christa. ¿La amiga del protagonista de La historia interminable está inspirada en esa amiga del colegio o la amiga del colegio de El hijo del pintor está basada en la amiga de Bastián? Quiero pensar que la amiga de Bastian está inspirada en la amiga que su creador tuvo en su primera infancia, pero, claro, no puedo afirmarlo con seguridad. Solo sé que entre los amigos que Michael Ende tuvo de pequeño estaba una niña llamada Krista y que para él fue lo suficientemente importante como para recordarla a la hora de hablar de su infancia. -En el capítulo 2 la familia se traslada de Garmisch a Múnich y nos describes el barrio bohemio, que es donde precisamente se fueron a vivir, Schwabing, del que se puede leer bastante en Carpeta de apuntes. Al final del capítulo 3 dices «muchos años después tuvo también su propia caja de ideas. Estaba llena de papelitos con frases escritas y también de recortes de periódicos y revistas…». Haces referencia a esta última publicación, ¿verdad? Desde mi punto de vista, imprescindible para todo aquel que quiera conocer mejor al escritor. Muchos escritores -yo diría que todos- guardan anotaciones sobre hechos que no quieren olvidar y que pueden servirles para libros futuros. Algunos fructifican y se transforman en historias, otros no pasan de meras frases. Hay escritores que los apuntan en cuadernos, otros en el ordenador o la Tablet directamente. Ende tenía una caja de ideas. Esa fórmula la heredó de su padre. El pintor hacía los primeros apuntes en tarjetas, que guardaba en una caja, y solo algunas de esas tarjetas llegaban a ser cuadros mucho tiempo después. Entiendo que el libro de “Carpeta de apuntes” parte de esa caja y en él hay poemas, relatos, artículos, simples comentarios. De hecho, ese es su título original: “Michael Ende´s Zettelkasten”. -Llamas a los nazis «hombres grises». Sin duda le debió de marcar muchísimo haber vivido ese periodo de la historia en Alemania y más aún cuando su familia no se consideraba «políticamente fiable». Me gustó mucho su escrito «La abuela está sentada en el jardín chino» donde relata cómo vivió el final de la guerra. ¿Crees que Michael Ende hablaba del nazismo en Momo o es un símil que has querido plasmar en tu libro? El nazismo fue una época terrible y los primeros que lo pasaron mal fueron los millones de alemanes que no comulgaban con esas ideas. La familia de Ende era una familia abierta, liberal, amante de la cultura, que a la fuerza tenía que chocar con la intransigencia y con el fanatismo. La pintura de Edgar Ende, como toda la pintura no realista, fue tachada de arte degenerado -Entartete Kunst- porque, según los nazis, no era pura ni heroica, y se le impidió pintar como a tantos otros (Max Ernst, Chagall, Klee, etc.). Eso es censura y no hay nada peor que impedir crear a un artista. Honestamente, no sé si los hombres grises de “Momo” se basan en los nazis. En principio, ellos solo querían adueñarse del tiempo de las personas y los nazis pretendían ser dueños de sus vidas, por entero. Pero sí eran intolerantes, siniestros y grises, en el sentido de “mediocres”, gente con orejeras que no veían más allá de sus narices. Evidentemente, tenían muchas concomitancias con ellos. Ende dice en Momo: “Ellos -los hombres grises- se habían hecho sus planes con el tiempo de los hombres. Eran planes trazados muy cuidadosamente y con gran previsión. Lo más importante era que nadie prestara atención a sus actividades. Se habían incrustado en la vida de la gran ciudad y de sus habitantes sin llamar la atención. Paso a paso, sin que nadie se diera cuenta, continuaban su invasión y tomaban posesión de los hombres. Conocían a cualquiera que parecía apto para sus planes mucho antes de que este se diera cuenta. No hacían más que esperar el momento adecuado para atraparle.” Yo veo ahí los primeros movimientos de los nazis en los años veinte. No olvidemos que el primer intento de Hitler por tomar el poder se produce en Múnich, la ciudad donde vivía la familia Ende. De Múnich Hitler llega a ser Führer de toda Alemania y, de ahí, a pretender conquistar el mundo entero. Pero, claro, solo es una interpretación mía. En cuanto a “La abuela está sentada en el jardín chino”, sí, a mí también me gustó muchísimo. Refleja muy bien ese sentimiento de desolación por la barbarie que ocurre en un país que es el tuyo y al que quieres. Un pesar tan profundo que nunca consigues aliviar, como dice Ende en sus páginas. -Como hemos dicho antes, además de escritora, también eres traductora y a finales de los ochenta tradujiste El ponche de los deseos junto a Jesús Larriba. ¿Qué representó para ti poder traducir a Michael Ende? En realidad, la primera vez que traduje a Ende fue un año antes, en 1988. El libro es un álbum ilustrado que se titula “El teatro de sombras” y trata de la muerte nada menos. Traducirlo fue un placer y también una gran responsabilidad. La traducción de “El ponche de los deseos” me produjo sentimientos encontrados. Por un lado, el libro me gustaba mucho y, por tanto, el proyecto me ilusionaba, suponía un reto importante. Por otro, Jesús Larriba y yo tuvimos que luchar contra el tiempo y eso nunca es bueno a la hora de traducir y menos con un libro como este, que era extenso y complicado. -¿Cómo surgió este encargo? ¿Cómo fue la experiencia de trabajar a cuatro manos? Tanto Jesús como yo trabajábamos entonces como editores en Ediciones SM. Ese año yo fui a la Feria del Libro de Frankfurt y el primer día me topé con “El ponche de los deseos” en el stand de Thienemann, la editorial habitual de Ende. Era la novedad de la feria y estaba publicitado por todas partes. Rápidamente informé a la dirección de la editorial y la consecuencia de ello fue que al día siguiente ya tenía un ejemplar alemán en mis manos para leerlo en la propia feria. Se contrató allí mismo y volvimos a Madrid con idea de publicarlo lo antes posible. La editorial quería sacarlo esas mismas Navidades. Así que se nos pidió a Jesús Larriba y a mí que dejáramos todo lo que teníamos entre manos y nos dedicáramos exclusivamente a la traducción del libro. Lo bueno fue que Jesús y yo nos compenetramos bien. En realidad, él se dedicó básicamente a la narrativa, y yo a las canciones y las rimas, y también a volcar el texto al ordenador -entonces, Jesús traducía a mano- y a la corrección final. Pero estábamos juntos, en el mismo despacho, y eso nos permitía consultarnos todas las dudas y buscar las soluciones juntos… Está claro que cuatro ojos siempre ven más que dos. De todas formas, es un libro que habría requerido mucho más tiempo y eso no nos lo permitieron. En este caso, los “hombres grises de SM” también nos robaron el tiempo. -En alemán el nombre hiperlargo del ponche está integrado en el título, pero en español aparecía debajo en la edición de SM del 89 e incluso, en ediciones posteriores, se eliminó lo de «genialcoholorosatanarquiarqueologicavernoso». ¿Se decidió quitarlo por algún motivo aparte de que es extremadamente largo y parece un trabalenguas? Bueno, en principio eso era así porque en alemán el adjetivo se pone delante y en español detrás, y una palabra tan larga había que integrarla de algún modo en el diseño, sin más. Después, en las siguientes versiones, no sé por qué motivo se decidió quitar la palabra de la cubierta. Yo hubiera preferido que se quedara. A Ende le gustaba jugar con las palabras y esa palabra-catalejo, como la denomina él en el libro, es una muestra más de su ingenio. A mí me parece divertida y creo que a los lectores les llama mucho la atención. Para mí reconstruirla a partir de la alemana fue un reto que necesitó, como los poemas, cierta adaptación. Pero creo que quedó bien y que funciona, como funcionaba en su momento el “supercalifra…” de “Mary Poppins”, por ejemplo. Y en el libro, por supuesto, tiene su razón de ser: es, como el famoso “Abracadabra…”, una palabra mágica, necesaria para hacer un encantamiento. -¿Recuerdas qué criterio seguisteis para la traducción de los nombres de los personajes? En general, los nombres suelen quedarse como están, sobre todo si las novelas son realistas y están localizadas en un lugar concreto. Sin embargo, aquí hay que contar con que nos encontramos en un laboratorio de magia, en un lugar frío y en la noche de San Silvestre, pero no se trata de ningún país concreto… El autor no nos da detalles. Además, muchos de los nombres tienen significado. Está claro que este es importante para la historia, porque el autor lo ha decidido así. Eso ocurre cuando incluyen en el término cualidades del personaje, de algún modo lo retratan. Entonces, entiendo que hay que traducirlos para que el lector español tenga la misma información que tenía el alemán. Lo más literalmente posible, sí, pero también es importante la sonoridad de los mismos. Algunos ejemplos: • Beelzebub Irrwitzer -irrwitzig es absurdo, descabellado- pasó a ser Belcebú Sarcasmo, un apellido que enlaza claramente con la forma de ser del personaje. • Tyrannja Vamperl se transformó en Tirania Vampir. • Villa Alptraum (literalmente, en Villa Pesadilla). • Der Tote Park: Parque Muerto • Maledictus Made: Maledictus Oruga (que es precisamente lo que significa Made) • Maurizio di Mauro se conserva igual. • Jakob Krakel: Jacobo Osadías (cuervo). Krakel es barullo y kraken, armar bronca. El cuervo es claramente muy osado, dice siempre lo que piensa y no se corta ante nada. -Otra particularidad a destacar de esta novela son las rimas de los hechizos. ¿Te resultó complicado? Me gustaría leer un par entre las 23:15 y las 23:25 Sí, fue complicado. En realidad, creo que es el libro en el que Ende se acerca más a las técnicas del cabaret literario, de las obras teatrales que escribió durante años. No son poemas, son más bien canciones de una comedia musical muy ácida, muy política. Intenté conservar la rima en todas ellas. En cuanto al contenido, podrían dividirse en dos tipos. Unas tienen mucho sentido y son muy irónicas. Son las que hablan del mundo de hoy en día de una manera muy crítica y hay que contar con que el libro está escrito hace veintisiete años nada menos, pero sigue siendo profundamente actual al tocar todos esos temas: la excesiva importancia del dinero, el consumismo, los ataques contra la Tierra, (fauna y flora), la contaminación, el armamentismo, la corrupción. Evidentemente, todos esos mensajes debían permanecer en la versión española y sujetos a la rima. Por otro lado, nos encontramos con unas canciones absolutamente lúdicas en las que se señalan los ingredientes necesarios para que el ponche funcione. En muchas ocasiones se trata de palabras inventadas siguiendo el arte clásico de la hechicería: sortilegios endemoniados. En esos casos, intenté conservar las raíces de las palabras inventadas por Ende, otorgándoles desinencias a la española. -Me resulta gracioso cuando dice «humanada» en vez de «cerdada» porque los cerdos no hacen nada. Schweinerei/Menscherei? (Pag 61, final capítulo “Las seis y media”) Sí, eso está así en el original alemán. Es un invento de Ende y tenía toda la razón del mundo: ¿por qué decir “cerdada” cuando los causantes de esos desaguisados son los propios humanos? -Y para finalizar, hablemos de cómo termina, al igual que La historia interminable y Momo, con su apellido «Que Ende-fin-itiva significa». ¿Cómo aparecía en alemán y qué te parece vuestra solución vista con la perspectiva de los años? Ende tenía un nombre perfecto para jugar con él y emplearlo en los finales. En algún lugar leí que los profesores en el colegio al que iba ya lo aprovechaban para hacer frases del tipo “Por fin (Ende) ha acertado la respuesta” y cosas así. Tal vez fuera su pequeña venganza contra lo mal que se lo hicieron pasar. En todo caso, habría sido una pena desperdiciarlo. Yo me limité a adaptar algo el texto para no perder el juego. Si traducía el refrán exclusivamente (“Bien está lo que bien acaba”), los lectores no verían el apellido de Ende por ningún sitio. Además, los lectores niños no tienen por qué saber que Ende significa “fin”. Por eso le añadí la frase “Que Ende-FIN-itiva significa”. Por otro lado, a lo largo del libro el cuervo repite varias veces “Esto acabará mal” (“das wird böse enden”), que nosotros adaptamos con: “esto tendrá un mal endesenlace”, aprovechando que el cuervo a veces se equivoca (dice “reumaticismo”, por ejemplo). -Si tuvieras que elegir una obra de Michael Ende, ¿con cuál te quedarías? ¿Alguna escena o imagen preferida? En general, toda la producción de Ende me parece muy interesante y realmente valiosa. No es solo “La historia interminable”, aunque sea la más conocida o la de mayor envergadura. Todos los libros, ya sean álbumes o novelas extensas, encierran ideas brillantes. Siempre me ha gustado mucho “El secreto de Lena”, que traduje en 1991. Parte de una idea casi irreverente: una niña que decide dar un escarmiento a sus padres porque está harta de que no la obedezcan. Así que los vuelve pequeños, para que sufran. El final es más “políticamente correcto” -aunque Ende odiase ese término-, pero la idea es brillante, y por supuesto el tiempo y los relojes tienen la clave. -Desde el punto de vista de editora, ¿crees que en la actualidad existe algún autor semejante a Ende? Confieso que ahora yo ya no puedo estar al tanto de todo lo que se publica, como me ocurría en otra época. La oferta me desborda por completo. Por lo que sé, hay muchísima literatura fantástica, pero suele ser más épica, más de aventuras. Me atrevería a decir que más convencional y ni mucho menos tan crítica ni tan reflexiva como lo es la obra de Ende. En Alemania surgió hace años Ralf Isau, un autor que estaba muy influido por Ende y que escribió varias novelas interesantes, de calado, desde mi punto de vista. Alguna, como “El museo de los recuerdos robados”, se publicó en nuestro país, pero -no me preguntes por qué- no alcanzó la repercusión que se merecía. De la literatura inglesa o americana no me atrevo a hablar porque no la conozco a fondo. En cuanto a la española… deberíamos nombrar a Laura Gallego, una lectora empedernida y apasionada de Ende. Su obra tiene un estilo propio y consolidado que avalan millones de lectores, pero hay determinados títulos –“El coleccionista de relojes extraordinarios”, por ejemplo- y determinados pasajes en los que veo cierto homenaje al Maestro: momentos más humorísticos, descripciones de acumulaciones de objetos en ciertos lugares, luchas dialécticas entre personajes, diálogos muy teatrales...

domingo, 7 de febrero de 2016

ABURRIDO, MEDIOCRE Y CON DINERO EN EL BOLSILLO (PERO POCO, ¿EH?)

Qué mundo éste en el que casi se pretende que los creadores se sientan culpables por continuar publicando después de jubilados. Todo aquel que se dedica al arte sabe que es imposible ponerle coto a una idea cuando esta estalla en la cabeza y se adueña por entero de ti. ¿Qué le decimos? “¡Alto! ¡No! Mejor no me compliques la existencia, no quiero disfrutar contigo, no quiero hacer disfrutar a los demás con este nuevo argumento. Lo aparco, lo ignoro… Prefiero dormitar con mi birriosa pensión de jubilado. No me calientes la cabeza, que como escriba un libro nuevo y dicte dos charlas, o tenga la mala suerte de ganar un premio, la tenemos. Me quitan la pensión, me meten en chirona y me riñen por dar mal ejemplo.” ¿A quién se le ocurre tener ideas después de los sesenta y cinco…? A esa edad, uno se tiene que contentar con ponerse el pijamita, tomarse una sopita y tirarse en el sofá a ver la caja tonta. Y si se empeña en tener ideas todavía, por favor, que sea desprendido y las regale sin más al prójimo… Nada de que el trabajo rinda, no señor. Los artistas crean por amor al arte; que ni si les ocurra tratar de sacar un beneficio económico al asunto. En fin, mejor ser una mente gris, mediocre, aburrida, pero con algo de dinero en el bolsillo (poco, ¿eh?)… ¡Vivan los grandes próceres, esos sabios pensantes que dirigen el país y le dan realmente al arte y a la cultura la importancia que ambos se merecen!

domingo, 11 de octubre de 2015

RENACER -el ciclo del libro-

Aquí estoy. Esperando renacer. Llegué por primera vez al mundo hará cosa de noventa años. En una imprenta pequeña, familiar. O, por lo menos, eso cuenta mi página de créditos. Yo, para ser sincero, no recuerdo el momento. Pero un aroma a papel y tinta, que permaneció conmigo los primeros años de mi vida, me confirma que fue así: me hicieron con mimo, casi artesanalmente. En realidad, mi primer recuerdo me retrotrae a una librería de muebles de madera clara, con una escalera colgante que iba y venía por la estantería, a voluntad de los clientes. El librero, un joven de barba y voz profunda, me había colocado en la sección de poesía. Pero me sacaba mucho de la estantería: todas las noches antes de poner el cartel de “cerrado” en la puerta y echar la llave, me cogía y se sentaba conmigo un rato en la mecedora que tenía junto al mostrador. Entonces me abría y leía algunas de mis páginas, a veces en voz alta. Después, me devolvía a mi sitio y subía a su vivienda, en la planta superior. Ella apareció un día de invierno. Llevaba una boina ladeada sobre sus rizos negros y guantes de antelina. Entró con paso decidido y le pidió al librero que le aconsejara un libro de mi artífice. Alguien, un buen amigo, le había hablado de aquel poeta andaluz. El librero sonrió y fue directo hacia mí. Me abrió por la página 31. Esa que dice: “El campo de olivos se abre y se cierra como un abanico…” Y por la 43: “Cuando yo me muera, enterradme con mi guitarra bajo la arena.” Ella afirmó con la cabeza y sus rizos se movieron al compás de su sonrisa. El librero pegó una palmada cariñosa sobre mi cubierta y me envolvió con papel marrón. La casa era grande. Pasé los primeros meses sobre una mesilla con otros libros, junto a una cama de matrimonio. Ella me abría todas las noches y repasaba mis poemas una y otra vez. A veces, su voz se hacía sonora y mis letras sonaban como un canto. Él, su compañero, la miraba muy atento, y repetía los versos de memoria, con ella. Aparecieron libros nuevos en la mesilla y me llevaron a una librería grande, con otros muchos camaradas. Ella entraba mucho en aquel cuarto. Traía jarrones con flores, cogía libros y se sentaba en el sillón de orejas, junto al ventanal. Pasó tiempo sin que viniera por mí. Luego, llegaron niños a la casa y con ellos vinieron libros de colores, ilustrados. Llegaron también juguetes. El cuarto se llenó de alegría. Un día, súbitamente, me metieron a mí y a otros muchos en cajas de cartón. Y acabé, sin saber por qué, en un trastero lleno de cuadros y muebles viejos, llenándome de polvo. No me preguntéis por qué tampoco, pero un día, años después, reviví. Ella misma, ahora con el pelo corto, vino a buscarme. Abrió las cajas, rebuscó y me encontró. Me sacó de allí, me limpió con una gamuza y me llevó al cuarto que ya conocía. Pero mi destino no era la librería, sino las manos de una quinceañera, unas manos suaves que a lo largo de los años me hojearon cientos de veces sin hacerme ni un solo rasguño. La chica, Nieves se llamaba –lo sé porque su madre escribió en mi portadilla: “Para Nieves, estos poemas de Federico que la acompañarán siempre”-, me leyó innumerables veces y me paseó por el mundo entero en maletas, que año a año se fueron haciendo más pequeñas. Nieves dejó de viajar y se estableció en un piso pequeño de una ciudad pequeña. Allí me guardó en una estantería pequeña sobre un ordenador gigantesco. Con los años, el ordenador fue menguando y la estantería haciéndose mayor. Nieves me sacaba regularmente, me abría con ternura, pasaba un buen rato releyendo mi dedicatoria y hacía que mis poemas renacieran en su voz. Pero eso se acabó, de repente, no me preguntéis por qué. Una tarde vinieron unos mozos vestidos con mono azul. Despejaron la mesa del ordenador y nos acumularon allí a mí y a todos mis hermanos. Nos envolvieron sin grandes miramientos en hojas de papel de periódico y nos ataron con cordeles de esparto. Luego nos amontonaron en carretillas y nos llevaron a una furgoneta. Y de allí, a una librería de viejo, y de allí, a esta caseta, a esta feria, donde todavía aguanto el tipo. Y espero con ansias: renacer. -Ey, mira, el “Poema del Cante Jondo” de García Lorca… Vaya, qué dedicatoria tan bonita tiene. ¿Quién sería esa Nieves? ¡Me lo llevo! Eh, oiga, ¿cuánto vale?

sábado, 30 de mayo de 2015

OÍR Y ESCUCHAR, VER Y MIRAR

Oír y escuchar no son la misma cosa. Tampoco ver y mirar. Por la calle oímos ruidos, gritos, frenazos, músicas que pasan zumbando a nuestro lado. Palabras que no nos dicen nada, que carecen de todo significado. Para escuchar, sin embargo, necesitamos prestar atención, descifrar lo que se nos dice, ser todo oídos, pero también toda mente; poner de nuestra parte para que el mensaje se haga luz en nuestro cerebro. Oímos la radio si la tenemos de fondo para acallar el silencio de la casa, como animal de compañía. Pero la escuchamos si atendemos a un programa determinado, al discurso de una persona que nos interesa. Y escuchamos también la letra de las canciones de nuestros cantautores favoritos, las palabras de nuestros seres más queridos. Vemos sin ver miles de imágenes a lo largo del día. Colores, siluetas que no nos dicen nada. Pero miramos, y admiramos, paisajes hermosos, cuadros, obras de arte. Miramos con detenimiento, con sosiego para que nuestra mente se abra a lo nuevo, para aprender del que nos hace caer en la cuenta, para descubrir la belleza que no vemos al primer golpe de vista. Pues bien, lo mismo sucede cuando leemos un libro. Hacerlo no tiene nada que ver con el acto mecánico de encadenar las palabras. Leer un libro es escuchar a su autor, mirar con detenimiento su forma de vivir y de sentir. Y eso no se hace a ritmo frenético ni compaginándolo con otras acciones. La lectura necesita tiempo, necesita espacio, necesita concentración. Leer en diagonal, leer sin profundizar, leer sin sentir, leer sin crecer es leer a medias. Disfrutar un libro no es limitarse a pasarlo bien con su argumento, sino exprimirlo y beberse todo su zumo. Y eso incluye gozar con las palabras que encierra, notar su sonoridad, escuchar su música. Y también comprender su significado, para estar o no de acuerdo con él. Ese acto íntimo exige paz, sosiego, ritmo pausado. Y, muchas veces, exige releer. Leer no es ver una película de acción. Leer es entender, reflexionar, moverse adelante y atrás por el río de la memoria.

miércoles, 1 de abril de 2015

"EL HIJO DEL PINTOR", MI ESPECIAL HOMENAJE A MICHAEL ENDE

Micha no era un niño cualquiera. Era el hijo de un pintor. De un pintor, además, que no dibujaba cosas reales, no. Dibujaba sueños, y a veces, pesadillas. Y eso marca. ("El hijo del pintor". Col: Sopa de Libros. Ed: Anaya, 2015 Los libros de Michael Ende me han acompañado desde mi infancia. Leí “Jim Botón y Lucas el maquinista” con ocho años, y, enseguida, “Jim Botón y los trece salvajes”. Fue un impacto, disfruté tanto con ellos… De hecho, son los libros que más recuerdo de los numerosos que tenía de niña. Por supuesto, entonces no tenía ni idea de quién era su autor, pero sí conocía perfectamente a Jim, y al bueno de Lucas. Años después, ya adulta, leí un libro que me dejó chocada, era distinto a todo lo que había leído anteriormente. El título, “La historia interminable”. Resultó que su autor era alemán y que se llamaba Michael Ende. La obra me llamó tanto la atención, que quise indagar más sobre la biografía y los otros libros del escritor. Así descubrí que, sin saberlo, él ya llevaba años formando parte de mi vida porque era el creador de Jim Botón, ni más ni menos. Luego, durante mi etapa de editora, tuve el enorme privilegio de traducir varios libros suyos -“El teatro de sombras”, “El secreto de Lena”, “El pequeño títere” y “El ponche de los deseos”- y de conocerle personalmente en 1990, durante su visita a El Escorial para participar en un curso sobre literatura fantástica. Sé por propia experiencia que los argumentos no nacen de la nada y que, por muy imaginativos que sean, están firmemente enraizados en las vivencias de los escritores. "El hijo del pintor", mi nueva novela, nació porque deseaba dar forma a ese niño reflexivo, profundamente imaginativo, que absorbía cultura y arte por todos sus poros. La pintura, los cuentos, el teatro… estaban presentes en Ende aun antes de su propio nacimiento, a pesar de la época en que le tocó crecer: en la Alemania del nazismo. El Tercer Reich acabó con las aspiraciones pictóricas de su padre, Edgar Ende, y marcó su literatura para siempre.