viernes, 31 de diciembre de 2010

PARADOJA

En este último día del año, no hablo de nada nuevo. Sólo de algo que yo todavía no había tocado. Y es que, por más que lo pienso, no lo entiendo. ¿Por qué es tan difícil comprender que los creadores también tenemos derecho, como todo hijo de vecino, a vivir de nuestro trabajo, a cobrar por la labor que realizamos? Cada vez que sale el famoso tema de conversación con los amigos que no tienen nada que ver con el sector, noto que me miran con escepticismo, noto que no hablan más por no levantar ampollas; pero si pudieran, si se sintieran libres, si no tuvieran enfrente a una "autora", entonces entrarían a saco, como todos los demás ajenos a este mundo. Nadie se cuestiona pagar en el supermercado, tras comprar los alimentos que va a comerse, y sabe que el dinero que deja en la caja no es sólo para la cadena de alimentación, sino también para los mayoristas, para las fábricas de envasado, para las granjas, para los agricultores... Y lo mismo sucede con el fontanero que viene a arreglarnos el grifo de la cocina, con el notario con el que firmamos la compra de una casa, con el estudiante que viene a dar clases de matemáticas a nuestro hijo... Entonces, ¿por qué no los escritores, los músicos, los cineastas? Son profesiones que tienen ya mucho de lanzarse al vacío. Cuando un escritor crea una novela, no cobra nada -a pesar de que suele estar más tiempo que lo que ocupa una jornada laboral trabajando en ella- hasta que consigue publicarla y, sobre todo, que consigue venderla. Los escritores estamos cobrando ahora por obras que escribimos hace años, pero no por lo que "producimos" en la actualidad; es siempre una inversión de tiempo y de dinero que casi nunca sabemos si rentabilizaremos algún día. Bien, pues algo en principio tan lógico resulta dificilísimo de aceptar y nos hemos convertido en una especie de monstruos peseteros que quieren comerciar con la cultura, patrimonio de todos. Eso es la libertad, la democracia, dicen, disfrutar gratis de la obra de los demás, reírse con las películas de humor, emocionarse con las que hablan de sentimientos, dejarse llevar con la lectura, bailar al ritmo de la música y enamorarse con las baladas, ser un poco más feliz gracias a la imaginación y a la belleza, pero no soltar ni un duro por ello. ¿No se le llama a eso "aprovecharse del otro"? ¿Y no llegará un momento en que los creadores, de seguir así, tendrán que cerrar sus despachos y reciclarse en otras profesiones? ¿Y no sería eso una pérdida importante, no sólo para nosotros, sino para toda la humanidad?

domingo, 21 de noviembre de 2010

¿LOS CUENTOS ORALES NO TIENEN AUTOR?

Hace unos días asistí a una sesión de cuentacuentos. Voz y expresión, sólo con eso consiguen transmitir a los oyentes toda la emoción de los relatos. Me admira la capacidad que tienen para hacerlo, me admira la valentía que supone enfrentarse casi desnudos a su público y que le lleven con la palabra, la sonrisa, la mirada -¿persuasión se llama?- al terreno de la magia, de lo que es posible aun no siéndolo. Pero, a pesar de la belleza de la noche, al final me quedó una sensación amarga en el estómago. ¿Dónde estaban los autores de esos cuentos? Ninguno de los cuentacuentos había mencionado sus nombres, ni uno solo. ¿Acaso eran todos anónimos, cuentos tradicionales que habían llegado hasta ellos por transmisión oral? No, casi todos eran muy modernos, tanto por temática como por estructura... ¿Eran los narradores los propios creadores o habían cogido prestadas las historias de otros? Y, si era así, ¿por qué no pronunciaban al final el nombre del autor? Les pregunté a algunos. Me dijeron que ellos particularmente lo hacían en caso de que alguien les preguntara, sólo en ese caso, pero añadieron que sabían de muchos que se negaban a hacerlo. Eso me hizo pensar que creían que el cuento crecía con ellos, que ellos eran quienes le daban la posibilidad de volar, de hacerse infinito. Puede ser... Sin embargo, aunque ellos lo divulguen, parten de una obra que ya existe y es de recibo que los que la escuchen sepan de dónde proviene y a quién deben agradecérsela -tanto si les gusta como si no-. No estoy hablando ahora de derechos o de copy, sólo de respeto al autor. Si los cuentacuentos son los propios inventores de la obra -y parece ser que muchas veces es así-, los integrantes del público deberían saberlo para aplaudirles doblemente. Pero, si son otros, también deberían saberlo para que una parte de ese aplauso final rindiera tributo a quien les regala una buena historia que contar. Ésa es mi opinión. ¿Qué pensáis vosotros?

viernes, 19 de noviembre de 2010

LA GRAN FIESTA DE LOS LIBROS EN MADRID

Del 1 de diciembre al 15 de enero, gran fiesta de los libros en Madrid: se celebra el XXXIV Salón del Libro Infantil y Juvenil en el Centro Cultural Galileo (C/ Galileo 39). El lema de este año: "Enredados en un mar de libros". Os paso la agenda de actividades. ¡Que lo disfrutéis!

sábado, 6 de noviembre de 2010

OJO CON LAS MUJERES QUE LIMPIAN...

De pequeña recibí una educación acorde con el mundo en el que hoy vivimos. Fui a un colegio laico, extranjero -por aquello de la segunda lengua- y mixto, cuando la mayoría de mis amigos/as iban a uno religioso. Mi madre no fue una madre al uso amante del hogar, deseosa de servir a los suyos, qué va. Hacía las faenas de la casa cuando no había más remedio y siempre con mala cara. Gracias a Dios no me transmitió para nada ese espíritu de sacrificio de ama de casa que tenían casi todas sus coetáneas. Una vez que se jubiló, mi padre nos sorprendió a todos yendo encantado a la compra y cocinando unos guisos que hacían las delicias de los comensales. En los libros que llevo escritos hay padres que cocinan, madres que conducen, mujeres trabajadoras, padres amos de casa, madres-padres y padres-madres, mujeres que abandonan su hogar... No es nada raro, simplemente un reflejo del mundo actual, nuestro mundo, mi mundo. Soy una mujer normal, que trabaja, independiente, a la que no le gustan las faenas del hogar, pero que tiene que hacerlas si no quiere vivir en una pocilga. Así que, de vez en cuando, cojo una escoba y barro. Y, por eso mismo, porque no me gusta pero tengo que hacerlo, inventé a una mujer que tenía que coger una escoba y barrer cuando no había más remedio. La inventé y la hice protagonista de un futuro álbum ilustrado. Es una madre que vive con su hijo. Y no hay padre a la vista. Odia barrer, pero tiene que hacerlo y, por eso mismo, se inventa una fantasía que la saque de la dura realidad de ese hecho cotidiano y desagradable, y la sumerja en un juego que comparte con su hijo: un desierto lleno de arena/polvo, una maldición, la lucha por la subsistencia...
Bueno, una editorial me ha devuelto el trabajo diciendo que hoy en día no pueden permitirse publicar esa clase de estereotipos. ¿Una mujer barriendo? ¡Horror! Por supuesto, son muy dueños de decidir lo que quieren o lo que no... Pero ¿no nos estamos pasando a veces jugando de esta manera a lo "políticamente correcto"? Se me ocurrió preguntar si habrían publicado el mismo texto con un padre por protagonista. El "posiblemente" que me dio la editora por respuesta fue absolutamente esclarecedor. ¡Bien por los padres que cogen la escoba y barren! ¡Viva la igualdad! Son modernos, son perfectos, un ejemplo de higiene además. ¡Mal por las mujeres que, a estas alturas de la vida, siguen empeñadas en no vivir en una pocilga! Las mujeres que no tengan un hombre -¿un mayordomo quizá?- que les barra, será mejor que opten por vivir en la inmundicia. Pero eso sí, que no se olviden de pasear de vez en cuando con una pancarta que ponga "¡Viva el feminismo!"

sábado, 30 de octubre de 2010

ESTABA ESCRITO...

En el centenario del nacimiento de Miguel Hernández aquí va mi homenaje particular: un cuento que escribí hace algunos meses. Los buenos escritores no mueren nunca porque ahí están sus textos para disfrute de todos. Porque ellos vivieron y escribieron, leemos y escribimos nosotros en el presente. Y la rueda seguirá girando, siempre adelante.

ESTABA ESCRITO...

I

--No es un nombre bonito. Nadie va a recordarlo, no deja huella.
María se quedó mirando a su amigo. Allí sentado, sobre la verja del colegio, delgado, por lo común callado, aunque con ella hablaba. Sí, con ella hablaba, y tenía unas cosas… ¿Qué era eso de un nombre bonito? Se decidió a averiguarlo.
--¿A qué te refieres con eso de un “nombre bonito”? --preguntó clavando sus ojos grises en los azules de Miguel.
Más valdría que él contestase pronto, que ya eran las seis y no había excusa para quedarse allí eternamente. La merienda, los deberes…
--Tú te llamas María.
--Sí, ¿y…?
--María es bonito.
--Ah, ¿sí?
--Claro, María es el nombre de chica más bonito que hay.
Lo que no dijo Miguel es que pensaba eso desde tan sólo dos años antes, justo desde el día en que María llegó al colegio por primera vez. El 12 de septiembre de 2008.
--Vaya…
--Pero Miguel es soso --continuó el niño--. Me gustaría tener un nombre sonoro, especial, un nombre imposible de olvidar… La mitad de las veces, Marta, la de Lengua, me llama Manuel…
--Marta es un desastre para los nombres. A mí me llama Martina.
--Ya, pero si me llamara Carlos Roberto, como el protagonista de “Amor infinito”, pues lo recordaría…
María se rió con su risa cantarina y enseguida preguntó:
--¿Tu madre ve “Amor infinito”?
--Mi madre, mi abuela y mi hermana, a pesar de lo pequeña que es. Y yo creo que mi padre también, aunque se hace el dormido.
--Ya. En casa también la vemos. Pero es que nadie se puede olvidar del nombre de Carlos Roberto porque, además, Carlos Roberto es muy guapo y… huy… --María se calló súbitamente. Tenía la impresión de que había metido la pata. ¿Cómo arreglarlo? Claro, ya estaba. Siguió hablando--: Hay nombres sonoros y que se recuerdan siempre, pero son muy feos. Sisebuto, por ejemplo. ¿Te gustaría llamarte Sisebuto?
--Sisebuto, ¡no! --vaya idea, Miguel tuvo que reírse y su risa tranquila, pausada, se unió a la chispeante de María.
Tamtanes y campanillas. Los tamtanes y las campanillas casaban bien juntos.
Ambos se fueron corriendo, saltando y riendo, camino de casa. Y la música de percusión se quedó colgando del aire.



II

No, no quería llamarse Sisebuto, claro que no. Ni Carlos Roberto, a pesar de lo que había dicho, que sonaba bastante cursi la verdad. Pero tal vez Alejandro, sí. Como Alejandro Fernández de la Encina y López Puelles, que se sentaba en el segundo pupitre de la derecha empezando por delante. Ramiro, el de Sociales, le estaba diciendo siempre que Alejandro era nombre de emperador. A Alejandro de Macedonia le apodaban Alejandro Magno, Alejandro “El Grande”, nada menos. Tampoco es que él quisiera ser un conquistador, un emperador, un político, para nada. Ni, desde luego, un futbolista, como Raúl González, que encima se llamaba como su ídolo, el futbolista que había jugado tantos años en el Real Madrid. No. Pero ¿escritor? --Miguel pasó la mano suavemente por el cuaderno que tenía cerrado sobre el escritorio. Era de cuadros escoceses, azul y negro, y se lo había regalado Ricardo por su último cumpleaños. Cuando le dio el paquete envuelto, Ricardo puso cara de extrañeza y se apresuró a decir “Lo ha comprado mi madre. Si no te gusta, lo puedes cambiar en la papelería de la calle Mayor”. Al abrirlo Miguel se encontró con el cuaderno, y le gustó muchísimo, todo hay que decirlo. Sin embargo, se esforzó en no poner cara de que le gustara, no fuera a ser que Ricardo pensara que era un bicho raro más raro todavía de lo que ya era.
Por la noche, ya en su cuarto, lo abrió con cuidado y en la primera hoja escribió su nombre con letras grandes y rebuscadas, ésas con las que encabezaba los trabajos cuando quería que los profesores le pusieran buena nota.

MIGUEL HERNÁNDEZ

Aquel Miguel Hernández quedó chulo, pero no se reconvirtió en Alejandro Magno. Para nada. No, decididamente Miguel Hernández no era nombre de escritor, y menos de escritor importante.
Porque él, aunque no lo supiera nadie, ni en clase, ni en casa, iba a ser escritor. Y escritor importante. Y si hacía falta se cambiaba de nombre...



III

El cuaderno pasó un tiempo vacío. Cerrado. Sobre el escritorio.
Pero un día, sin saber muy bien cómo, comenzó a llenarse. Misteriosamente.
Miguel no era consciente del motivo por el que escribió la primera frase, ni la segunda, ni la tercera. Sólo recordaba que estaba triste, que la mañana había sido larga y que Ricardo se había olvidado de llevarle el libro de fotos de árboles que le había prometido. No era por tener que esperar un día más a ver las fotos, no. Era porque eso significaba que, en cuanto llegaba a casa después de clase, Ricardo se olvidaba de él. Así que ellos dos no debían de ser tan amigos como Miguel creía.
Raúl tenía a Jorge, Carlos Roberto a Nacho, María a Inés. ¿Y él? Él sólo tenía a Ricardo a ratos. Y a María algunas veces… Así que abrió el cuaderno por la segunda hoja y escribió:

A ratos acompañado,
a ratos solo.
A veces contigo.
A veces sin ti.
Hay muchas voces en clase
y sólo una dentro de mí.


Luego puso la fecha: 15 de marzo de 2009. Y ya nunca la olvidó. 15 de marzo de 2009, la fecha de la inauguración de su diario.
A partir de ese instante las hojas comenzaron a llenarse y a llenarse. Había días que escribía tan sólo una palabra; otros, tres o cuatro frases, y días en que el bolígrafo corría veloz, por su cuenta y riesgo, y saltaba de una idea a otra sin descanso. Y cuando quería darse cuenta había llenado por lo menos diez páginas con una letra cada vez más chiquitita para que el cuaderno no se acabara todavía. Vaya, esos días, ni siquiera se fijaba en la hora que era y cuando su madre le llamaba, descubría de pronto que la muñeca le dolía del esfuerzo de escribir, pero descubría también que la tristeza del principio se había diluido entre las páginas del diario y una sonrisa de oreja a oreja le empujaba a comentar las peripecias de la jornada durante la cena.
--Hoy Carlos Roberto y Nacho se han peleado --comentó aquella noche cogiendo el tenedor.
--Pero ¿no eran tan amigos? --dijo su padre levantando la vista del plato de verduras.
--Eso creía yo… Estábamos en el patio y Ramiro ha tenido que sujetar a Nacho para que no saltara sobre el otro.
--Hasta los amigos más amigos se pelean algunas veces --explicó su madre mientras le arreglaba el babero a Beatriz, que lo llevaba torcido--. Precisamente cuanto más uña y carne son, más fuertes son las peleas que pueden llegar a tener. Eso es así.
--¿Uña y carne? --preguntó Miguel mirándose los dedos de la mano. Allí estaba otra de las frases hechas de su madre. Tenía muchas. Era la persona de todas las que conocía que más frases hechas guardaba en la cabeza. Y él de mayor quería recordarlas todas. No se le podía escapar ni una.
--Sí, sí, míratelas bien: ¿dónde empieza la carne y acaba la uña? ¿A que no lo sabes? Están tan unidas, tan unidas, que no se puede precisar. Pues eso pasa con algunas personas, por eso son uña y carne.
Aquella noche, antes de meterse en la cama, Miguel escribió en su cuaderno:

Ser uña y carne,
ser dos en uno.
Para lo bueno,
para lo malo.
Para el amor,
para la riña.
Tú para mí.
Yo para ti.


Releyó el poema varias veces. Luego cogió el bolígrafo y añadió en la cabecera, con una letra algo más pequeña: Para María.

IV

Era hora de merendar. El padre de Miguel comenzó a meter kiwis y plátanos en la licuadora. La madre del chico entró con Beatriz en brazos.
--Saca los vasos de la alacena, Miguel, por favor.
--Voy… --pero, a pesar de lo dicho, no fue. Se quedó mirando a sus padres y preguntó:
--¿Os gustaría que yo me llamara Carlos Roberto?
--Nooooo… --contestaron los dos a la vez y su madre añadió:
--¡Cómo se te ocurre! Nos gusta que te llames Miguel.
--Ah, ¿sí?
--Claro, por eso te pusimos ese nombre --confirmó su padre sirviendo el zumo en los vasos que él mismo había sacado de la alacena.
Beatriz ya estaba sentada en la trona, dispuesta a merendar su papilla.
--Yo creía que me llamaba Miguel por el abuelo.
--Por el abuelo y porque nos gusta el nombre. Si el abuelo se hubiera llamado Anastasio, por ejemplo, no te habríamos bautizado con su nombre --respondió su madre.
“Bufff, menos mal.”
Bueno, eso le tranquilizó algo, pero no del todo. Ya que había comenzado, iba a seguir indagando.
--Pero no hay ningún futbolista que se llame Miguel…
--Alguna habrá, seguro. ¿Antonio? --preguntó su madre, mirando a su marido, que en lo del fútbol andaba más versado que ella.
--Claro que sí. Mmmm…, mmm…, ya está: Miguel Brito, del Valencia.
--¿Es que quieres tener nombre de futbolista? --dijo extrañada su madre.
--No, no, de futbolista no. Un nombre de alguien importante: un científico, un astronauta, un escritor… --ya está: lo había dicho.
Su madre sonrió ligeramente, se acercó a él y le dio un beso en la frente.
--Tienes nombre de escritor, Miguel. Miguel Delibes, un gran escritor español. Y tienes nombre de personaje de Julio Verne, nada menos: Miguel Strogoff, el correo del zar, todo un aventurero…
--¿Sí? --ahora Miguel sonreía también. Vaya, eso estaba mucho mejor. Mañana mismo se lo contaría a María. Pero sorprendentemente su madre no había terminado todavía.
--Y, mejor aún, tienes nombre y apellido de poeta: Miguel Hernández, uno de los poetas españoles más importantes del siglo XX.
--¡De poeta!
Ahora Miguel se quedó muy serio y estuvo a punto de revelar su secreto. Esa tremenda casualidad de que él, llamándose como se llamaba, también escribía versos. Pero no, todavía no quería enseñar sus escritos a nadie. Aún no.
--Bébete el zumo, hijo --dijo su padre pasándole el vaso y él lo cogió sin rechistar mientras la palabra “poeta” iba y venía por su cabeza. De la sien derecha a la sien izquierda, de la sien izquierda a la sien derecha, rebotando una y otra vez. Ping-PONG. Poeta-POETA, poeta-POETA...
Comenzó a beber sin saber siquiera lo que hacía, pero enseguida se detuvo porque su madre dejó la cuchara de la papilla sobre la mesa y musitó:
--¿Cómo es? "En la cuna del hambre mi niño estaba. Con sangre de cebolla se amamantaba…" Vaya, no recuerdo más, pero…
“¿En la cuna del hambre? ¿Qué era aquello?”
--Miguel Hernández era pobre, un pastor, y en su casa no debían de tener más que unas cebollas para comer… --añadió ella.
--Yo… me llevo el zumo a la habitación. Tengo que terminar los deberes.
Y sin darles tiempo a decir más, el chico se metió en su cuarto.
Cogió el cuaderno y escribió:

Miguel Hernández era un poeta y yo me llamo como él. Voy a ser poeta. Ahora lo sé. Está escrito.

Y se rió porque, efectivamente, estaba escrito: acababa de escribirlo él mismo.
Después, siguió escribiendo, escribiendo y escribiendo. Hasta la hora de la cena. El vaso de zumo se quedó a la mitad. No tuvo tiempo de acabarlo.



V

Al día siguiente, al volver del colegio por la tarde, en casa le esperaba toda una sorpresa.
--Toma, Miguel --le dijo su madre pasándole un paquete envuelto en papel rojo--. Papá ha ido a comprarlo al salir del trabajo. Hemos pensado que te gustaría tenerlo.
--¿Es un regalo para mí? Si no es mi cumpleaños…
--Bueno, hemos hecho una excepción --comentó su padre. Hoy tienes un regalo, aunque no sea tu cumpleaños. Te lo mereces. Vamos, ¡ábrelo!
Le encantaba que le hicieran regalos inesperados. Imaginar qué podía haber allí dentro, antes de arrancar el papel sin más. Le dio la vuelta, tocó los bordes. Era algo rectangular, grande, duro. ¿Un libro? ¿Sería la novela de Julio Verne? Pero no, no tenía forma de novela… Podía ser un libro, sí, pero no una novela. Lo abrió por fin y se encontró con un libro, efectivamente. Un libro grande, de tapas duras, blanco, muy blanco, con unas flores rojas diseminadas por la cubierta. Entre las flores, con letras de imprenta azules, destacaba el título:

Tu primera antología:

Miguel Hernández


¡Qué sensación! Era como si el propio libro se lo estuviera diciendo a él mismo: “Miguel Hernández, aquí tienes tu primera antología, escrita por Miguel Hernández. Tuya porque tú la recibes, de él porque él la escribió. Para ti.”.
Estaba tan emocionado que apenas pudo susurrar su “gracias”. Se sentó en el sofá del cuarto de estar y comenzó a pasar las páginas. Con mucho cuidado para que el papel satinado no se rompiera. Y de pronto su mirada se quedó fija en un montón de aes:

¡Oh, qué carcajadas
tan disparatadas
las de las granadas!

…/…

Las granadas eran unas frutas. ¿Se reían como las personas? No, en la vida real, no. Pero en el poema, sí; en el poema podían reírse, ¿por qué no? Si las partías en dos, los granos de dentro, tan rojos, parecían las encías de una boca enorme, abierta de par en par, riéndose a carcajadas gigantescas: ¡JA, JA, JA, JA, CAR-CA-JA-DA; JI, JA, JA, JA, JA, DIS-PA-RA-TA-DA; JA, JA, JA, GRA-NA-DA…!

Sus ojos saltaron a otro poema que hablaba del día de Reyes:

…/…

Y al andar la alborada
removiendo las huertas,
mis abarcas sin nada,
mis abarcas desiertas.

…/…

“Mamá dijo que Miguel Hernández era pobre… No tenía regalos el día de Reyes. Nada en los zapatos, sus abarcas”.

Y un poema más:

…/…

Pena que vas, cavilación que vienes
como el mar de la playa a las arenas.

Como el mar de la playa a las arenas
,
…/…

“Como el mar de la playa a las arenas…”, sonaba a música. Como las olas del mar que van y vienen. Una y otra vez, PLAS, PLAS… Por eso repetía la frase. Sus cavilaciones, sus pensamientos, eran un vaivén, iban y venían por su cabeza. Igual que la palabra “poeta” en la mente de Miguel. Ping-PONG…



VI

María abrió el papelito doblado en cuatro. Se lo había pasado Inés, su compañera de pupitre, y a ella, Ricardo, que se sentaba al lado de Miguel. Lo alisó y descifró la letra inconfundible de su amigo:

En el recreo te espero en la fuente. Es importante.

Vaya… de qué se trataría…

En cuanto sonó el timbre, María cogió el bocadillo que ya había sacado de la mochila y salió corriendo rumbo al patio. La fuente estaba en un rincón protegido por cuatro árboles. Y como hacía años que la dirección había cortado el agua para que no acabaran todos empapados, por allí jamás se acercaba nadie. Era un lugar que invitaba a las confidencias. Fue la primera en llegar. Se sentó en el banco de piedra que rodeaba el pilón. Miró el reloj, nerviosa. Para eso había corrido tanto…
--Hola.
Levantó la cabeza. Allí estaba Miguel. Y traía una bolsa de plástico bajo el brazo. Estaba serio.
--Hola --respondió ella sonriendo y, sin ser consciente de lo que hacía, extendió la mano hacia delante, como invitándole a sentarse a su lado.
El chico adelantó dos pasos, pero se quedó de pie, frente a ella.
--Ayer te conté lo que había descubierto. Eso de que mi nombre no es soso, que es un nombre muy especial porque es el nombre de un poeta importante --se quedó callado, la miró largamente y continuó--: Pero no me hiciste mucho caso…
--¿Que no te hice caso? --dijo María muy sorprendida--. Síííííííííí… Siempre hago caso a todo lo que dices --añadió en tono algo más bajo--. Lo que pasa… lo que pasa es que a mí me da igual que ese señor se llamara como tú. El que me importa eres tú.
“El que me importa eres tú”, eso sonaba bien. En casa apuntaría esa frase en el cuaderno, debajo pondría María Blanco y la fecha: 20 de diciembre de 2010. Pero ahora no se le podían ir las ideas que tenía en la cabeza. Él ya había preparado su discurso y no podía cambiarlo por mucho que María lo trastocara con sus palabras. Así que dio dos pasos más, se sentó en el banco y continuó:
--Ya, bueno. Por si acaso te he traído la prueba.
--¿La prueba?
--Sí, el libro que me regalaron mis padres --explicó sacando la antología de la bolsa. La puso del derecho para que se viera bien el título y se la entregó a su amiga.
Ella pasó los dedos por encima de aquellas letras azules -“Mi primera antología: Miguel Hernández”- que sobresalían del papel y dijo, clavando su mirada gris en la mirada azul de Miguel:
--Debe de ser bonito que tu nombre aparezca en la cubierta de un libro...
--Sí… Yo… --no, aún no. Cada cosa a su tiempo. Ahora tocaba enseñarle la estrofa del libro que había seleccionado para ella--. He estado leyendo todos los poemas del libro. Algunos son raros y no los entiendo bien. Pero me gustan las palabras; cómo suenan, ¿sabes? Y hay uno que me ha recordado a ti. Está en la página 85 --dijo pasando las páginas muy deprisa--. Aquí, mira:

…/…
Ríe. Contigo
venceré siempre al tiempo
que es mi enemigo
.
…/…

María lo leyó con atención y, luego, levantó la cabeza mientras emitía una risa tímida. Enseguida abrió mucho los ojos y se rió de haberse reído.
--¿Por qué te recuerda a mí? --preguntó al fin.
--Porque… porque tu risa puede con todo --contestó él y, sin esperar más, ni dar muestras de haber notado que la risa de María se había vuelto sonrisa seria, decidió pasar a la tercera parte del plan--. Toma --dijo, entregándole un papel doblado en dos. Éste es mi regalo de Navidad. Para ti.
La niña desplegó el papel con pulso inseguro y se encontró con otro poema:

Para María

Ser uña y carne,
ser dos en uno.
Para lo bueno,
para lo malo.
Para el amor,
para la riña.
Tú para mí.
Yo para ti.


--¿También es de Miguel Hernández? --preguntó con voz temblorosa.
--De Miguel Hernández Mas, que soy yo --dijo él, rozándole la mano.
--Pero ¿tú también eres poeta? --dijo ella extrañada.
--Escribo versos, sí.
--Entonces, vas a tener que firmármelo. ¿Tienes boli?
Por supuesto que Miguel tenía boli, jamás se separaba de su Bic de punta fina verde por lo que pudiera pasar.
Así que debajo del último verso del poema dedicado a María el chico escribió la firma que había ensayado en casa y que, a partir de ahora, sería ya siempre la suya:

Miguel H. Mas

No quería que sus poemas se confundieran con los de Miguel Hernández. Por el poeta y por él mismo. Cada uno tenía su estilo, cada uno era una persona distinta.
--Miguel --dijo entonces María--, algún día tú también publicarás un libro de poemas como éste y pondremos los dos juntos en nuestra librería, ¿sí?
“Nuestra librería…”.
Entonces, uno y otra fijaron la vista en sus manos, que se habían unido sin preguntarles.

miércoles, 20 de octubre de 2010

UN DÍA GUAPO

Dos cositas:
Primera, os recomiendo que visitéis el blog (nuestraaparenterendicion.blogspot.com)que gestiona la escritora Lolita Bosch en el que se tratan distintos temas relacionados con la cada vez mayor inseguridad de México. Colaboran muchos escritores conocidos. Además, Lolita invita a todas las mujeres que quieran participar a enviar un texto corto, de cinco líneas, hablando de la tragedia de las mujeres de Ciudad Juárez. Ya hay muchos textos colgados de la página, pero ¡necesitan muchos más! Es un drama que no debe quedar en el olvido. Para hacerlo, únicamente es necesario mandar un mail con el texto a nuestraaparenterendicion@gmail.com

Segunda, ayer, 19 de octubre, fue un día guapo. ¿Por qué? Asistí al acto de entrega del Premio Cervantes Chico 2010 a Fernando Lalana. El premio, que entregó la Princesa Doña Letizia, es un galardón que otorga todos los años el Ayuntamiento de Alcalá de Henares junto con la Asociación de Libreros y Papeleros de la ciudad. Fernando Lalana tiene una amplísima obra a sus espaldas que va destinada a niños y jóvenes de todas las edades y con todos conecta gracias a su humor, a un ingenio a prueba de bombas y a una de las prosas más correctas de la literatura actual. Después de los premios El Barco de Vapor, Gran Angular, Jaén, Nacional, etc... (algunos recibidos en varias ocasiones) éste debía ser de los pocos que no tenía. Así que ahí está, merecidísimo. Estoy segurísima de que disfrutó mucho del acto, acompañado además de unos trescientos niños, que se lo pasaron en grande con él. Tanto como los adultos que también estábamos. Por eso fue guapo el día, porque siempre es agradable asistir a la felicidad de un compañero -y amigo- de profesión, compartirla con él y con los suyos. Y porque junto a él había también otros autores, que disfrutaron de su compañía y de su felicidad, en una muestra de que este gremio cuando quiere sabe ser "piña". Y, además, siempre es agradable que las autoridades se preocupen por la LIJ, crean en la necesidad de apostar por ella a cada momento, la fomenten y regalen libros. Y es que ayer celebramos además una fiesta del libro y de la lectura por todo lo alto -aunque no fuera 23 de abril- porque todos los niños salieron con libros nuevos bajo el brazo. Y un secreto, también las infantas Leonor y Sofía recibieron los suyos. Entre ellos, "Josete y Bongo van de safari" (Macmillan), un cuento que inventé con mi sobrina hace unos años. Lo dicho, un día guapo. En toda regla.

sábado, 11 de septiembre de 2010

BUENOS Y ¿NUEVOS? PROPÓSITOS

Ha pasado mucho tiempo desde la última vez que me tomé un té con vosotros. Todo un verano... ¿Aprovechado? Sí, por muchas cosas. También porque pude escribir seguido y una novela apenas iniciada avanzó mucho. Ojalá que sea para bien.
Pero ha llegado septiembre. Para mí siempre ha sido el mes de la nostalgia por el final del verano, y de la alegría por el curso nuevo; partido en dos por mi cumpleaños, que me hace más vieja ¿y más sabia? Pues, francamente, eso quisiera yo... Por descontado es también el mes de los buenos propósitos, pero con los años esos buenos propósitos empiezan a ser poco originales la verdad. Tomarse la gimnasia más en serio, comer menos, cuidar más a la gente querida, aprovechar todo lo que pueda la oferta cultural de Madrid y escribir siempre que el trabajo lo permita. Nada nuevo bajo el sol, vaya. Pero hoy acabo de leer la excelente entrevista que Carmen Fernández Etreros le hace a Joel Franz Rosell en la revista Culturamas -excelente tanto por las preguntas como por las respuestas, porque sólo así son jugosas las entrevistas- y de pronto ha aparecido ante mí mi bueno y nuevo propósito para este año. Joel dice tantas cosas y tan interesantes que lo mejor sería transcribir la entrevista por entero, cosa que no puedo hacer. Pero entre otras maravillas viene a decir que todos aportamos a nuestros libros el bagaje de nuestra vida y de nuestros viajes. Ni siquiera sabemos en qué página o en qué libro están, pero al final siempre salen esas experiencias, más o menos transformadas, pero allí, presentes. Escribir un libro debe ser vaciarse y recomponerse; una terapia para uno mismo, también. Sin embargo, eso que a Joel le parece tan evidente y que yo comparto, no creo que hoy en día mueva a todos los autores. Leo libros que me resultan absolutamente prescindibles, libros que parecen estar hechos con regla y cartabón, pero que no tienen alma; novelas en las que los protagonistas pasan por la vida sin que ésta les marque y, cuando terminan la aventura, son exactamente iguales a como eran cuando la empezaron. No quiero escribir eso, pero sobre todo no quiero leerlo ni editarlo. Ese es mi firme propósito y ¿nuevo? para este año. ¿Serán libros poco rentables, como dice Joel en su entrevista? Tal vez sí..., aunque confío -todavía confío- en que no. Lo que sí sé es que serán hermosos, porque me harán pensar y, sobre todo, sentir.

martes, 29 de junio de 2010

TEMPRANO LEVANTÓ LA MUERTE EL VUELO...

No se trata de que viviera en una época equivocada, no. Porque precisamente vivir en esa determinada etapa, en esas circunstancias, fue lo que le hizo ser como fue. Hablo de Miguel Hernández. El 30 de octubre se cumple el centenario de su nacimiento.
Me acerqué a él a mis catorce años, a partir del primer disco de Serrat que musicaba sus versos. Desde mi punto de vista fue una buena forma de descubrir al poeta. Luego vino su obra y, a través de ella, su biografía.
Ahora, de algún modo, también yo –gracias a unos buenos amigos- he podido rendirle mi homenaje particular. Estuve en Orihuela, paseando sus calles; esas calles de edificios palaciegos, hermosos, nobles, que debían caer sobre él como una losa, haciéndole ver a cada paso diferencias, injusticias. Vi la casa donde nació -o mejor, el espacio donde estaba esa casa, pues apenas queda nada de la original-, tercer hijo de un matrimonio como tantos otros, de esos que no contaban con casa señorial ni escudo nobiliario. Visité la segunda casa, en la que vivió desde los cuatro años, una casa que disponía de distintas habitaciones, patio y huerto. Una casa no tan pobre como creen algunos, pero tampoco tan rica como la de los compañeros que se sentaban junto a él en el colegio de Santo Domingo. Diferencias. Distancias. ¡El colegio de Santo Domingo! Lo llaman El Escorial de Levante nada menos. Esos dos claustros, uno renacentista y otro ya barroco; esa iglesia absolutamente barroca que no tiene –salvo en las capillas- ningún espacio sin decorar. ¿Y por allí iba y venía Miguel queriendo ser poeta?
Vi la casa de Ramón Sijé. Subí al seminario, donde permaneció meses encarcelado, tan cerca de su familia y tan lejos al mismo tiempo. Y estuve en Alicante, en la prisión donde murió. Y en el cementerio, frente al nicho y junto a la tumba donde reposan ahora sus restos al lado de los de Josefina y su hijo Manuel Miguel.
Fin de una etapa, principio de otra. Miguel de la tierra, del pueblo, de los suyos, del infortunio. Miguel del mundo, de la sonrisa –Voy entre pena y pena sonriendo-, de la libertad. Miguel de todos.
Temprano levantó la muerte el vuelo, escribió de Sijé sin saber que el verso podría ser texto de su propio epitafio. Ironías… La vida y la muerte siempre de la mano.

Gozar, y no morirse de contento,
sufrir, y no vencerse en el sollozo…/…

sábado, 5 de junio de 2010

"HA DICHO MAMÁ QUE LOS LIBROS NO SE ABREN"

Ay, ay, ay... A esa frase tan fuerte, tan tremenda me enfrenté el primer fin de semana de la Feria del Libro de Madrid. Estaba en una caseta, firmando... O, para ser más precisos, esperando a que alguien se decidiera a que le firmara un libro. La sensación que produce estar en una caseta es ambivalente, lo saben todos los que han pasado por el "trance". Por un lado hay un poco de orgullo, un poco de alegría, algo de fiesta. Pero por otro, hay mucho de vergüenza, de incomodidad. Uno está en el escaparate, y si no se acercan a interesarse por su obra se siente mal. Pero si se acercan... si se acercan se siente en el lugar que no le corresponde, porque su lugar es la mesa de trabajo y su oficio, escribir en soledad. Pero la feria es, ante todo, una cura de humildad estupenda porque los paseantes -casi todos lo son, más que otra cosa- están cansados, tienen calor y no suelen ver esos letreros -casi siempre con la letra más pequeña de la cuenta- donde se indica el nombre del autor que firma en la caseta. Así que lo más normal es que te vean allí sentado y te pregunten por un título que nada tiene que ver contigo o que te pasen el dinero para pagar un libro que no has visto en la vida. Bueno, aprendes mucho del oficio de comercial en una caseta: muestras libros, pasas el código de barras por la "maquinita" para que el ordenador te indique el precio, cobras, y, sobre todo, te vendes a ti mismo. Porque tú quisieras que el vendedor que te acompaña estuviera al quite, informara a los que llegan de que estás allí, les mostrara tu obra y les dijera que tienen la "gran oportunidad" de llevarse un libro firmado por "el autor". Pero casi nunca es el caso: el vendedor lleva muchas horas, muchos días en la caseta; está cansado, tiene calor y piensa en la cervecita que se va a tomar dentro de un rato. Ay, ay, ay... Y, de pronto, después de todo eso, aparecen un niño y una madre. Él tiene cara de despierto y no se contenta con ver las cubiertas de los libros, con leer los títulos. Quiere tocar, quiere abrir esas cajas de tesoros para descubrir qué hay en su interior. Sólo así, leyendo la primera frase -como he hecho yo siempre-, mirando las ilustraciones, los títulos de los capítulos, saltando al vuelo entre las palabras, sólo así se decidirá a emplear las monedas que lleva en el bolsillo en la elección de un libro en concreto. Pero la madre tiene calor, está cansada y quiere volver a casa. Y, por encima de todo, a la madre nadie le enseñó nunca que los libros están para tocarlos, para abrirlos, para descubrirlos, para desvelarlos como un gran enigma. Quizá, si tuvo alguna vez sensibilidad, se le quedó por el camino. Así que cuando él alarga la mano tímido hacia uno de tus libros allí expuestos, ella le agarra con fuerza y dice con voz segura: "Ha dicho mamá que los libros no se abren". Así tal cual, en pasado, porque "mamá" igual lleva toda la tarde repitiendo la misma frase. Y no hay más, su estela se pierde entre los demás paseantes -¿lectores? Nooo...- del parque de El Retiro.
Pero hay algo que ella no sabe, que desconocerá toda la vida. Su frase está ahora en el cuaderno de mi bolsillo. Una frase así no puede desperdiciarse. Sin tener ella ni idea, me ha brindado una llave que abrirá la puerta de un nuevo libro. Quizá no ahora, pero sí en el futuro. Seguro. Y ese libro estará dedicado a él, a ese niño que quiso ser lector y no se lo permitieron en casa.

domingo, 25 de abril de 2010

FESTEJO Y SOSIEGO

Desde que tengo uso de razón en mi casa se celebra el Día del Libro. Todos los años. Cuando llega el 23 de abril todos los miembros de la familia reciben un libro de regalo. Siempre. Mientras fui pequeña, era mi madre la encargada de comprarlos. Y yo pensaba que eso era lo normal, lo habitual en todas las casas. Pero, poco a poco, al hablar con los amigos, con los compañeros de clase..., con el paso de los años, con los camaradas del trabajo -a pesar de que estuvieran relacionados con el mundo del libro-, fui descubriendo que no. Vaya... así que aquello que yo veía como normal no lo era, para nada. De nuevo mis padres volvían a demostrarme que en muchas cosas habían sido unos avanzados a su tiempo... En casa, sí: había libros y rosas, claro. Y somos ahora mi hermana y yo las herederas de la tradición: de las rosas, ella; de los libros, yo. Pero por fin parece que ya no es tan raro celebrar el Día del Libro. Si no es siempre regalando libros, sí es "celebrando libros". El viernes estuve en Laredo y los colegios de la localidad respiraban alegría por todos sus poros, a pesar del cielo gris y de la lluvia. Había canciones, había poemas de Miguel Hernández, había lecturas en voz alta, separadores hechos con pasta de papel, insignias, flores de papel pinocho, risas, preguntas sobre la necesidad de escribir, programas de radio en torno a la lectura, muchos libros dedicados y curiosidad, mucha curiosidad. Festejar, celebrar, disfrutar rodeados de libros es bueno, inmensamente bueno, y contagioso. Pero no dejemos los libros cerrados; abrámoslos, leámoslos, deleitémonos con sus palabras, y para eso casi siempre es necesario tener sosiego, calma, paz.

miércoles, 14 de abril de 2010

UN DÍA VOLVERÉ

Ayer estuve comiendo con unas amigas, compañeras editoras. Hablamos de Bolonia. Hablar de Bolonia significa hablar de la Feria de Bolonia, la Feria del Libro infantil y Juvenil, por supuesto. Bolonia cansa, es verdad, pero también es cierto que Bolonia inyecta sangre nueva en las venas: vida. Y es verdad que la echo de menos. ¿Por qué será que casi ningún editor habla con cariño, con nostalgia de Frankfurt -de la Feria del Libro de Frankfurt- y, sin embargo, todos lo hacen de Bolonia? La feria de los libros para niños, en la que está presente todo lo que se hace en el sector editorial a nivel mundial; la feria de la ilustración por excelencia. Libros, libros, libros, autores, ilustradores, editores, traductores, libros, libros, libros. Sólo la resiste quien ama los libros, pero llega un punto que también ése acaba agotado, exhausto y sin ver absolutamente nada por los pasillos y pasillos y pasillos. Para eso están los panini, los espressi y los cappuccini, para hacer un relax entre citas y citas, y para seguir conversando de libros con los amigos con los que nos entrecruzamos: gente que te habla de cómo andan las cosas en México, en Nueva York, en Alemania o en Suecia, gente amiga, gente del libro. Pero, Bolonia no es sólo feria ni acumulación de personas en autobuses que escupen editores a la puerta del recinto ferial, y a lo mejor por eso es por lo que Bolonia y Frankfurt no son iguales... Bolonia es paseos por las calles sinuosas del casco antiguo, soportales, toldos rojos, fiestas de copa de vino y canapé en palazzi llenos de affreschi monumentales. Bolonia son las torres, lluvia bajo el paraguas, cielos grises o de un azul luminoso, indistintamente; el cúmulo de iglesias y capillas de Santo Stefano, la fuente de Neptuno y San Petronio, alguna vuelta -¡para ver más libros!- por Feltrinelli y Gianino Stoppani, los mercados de frutas y verduras, y la pasta, los mil restaurantes, los gelati, la grappa y los amaretti, ¡cómo no!
Sí, Bolonia, lo sabes, te echo de menos. Pero no te preocupes, sé que un día volveré. Sin embargo, no me esperes. Cuando lo haga, quiero cogerte desprevenida, darte una sorpresa. Te lo mereces. Y yo también. Supongo.

domingo, 11 de abril de 2010

BRINDIS EN PRIMAVERA

















Por fin llega la primavera y viene con un nuevo libro. Aquí tenéis una página doble y la cubierta de "Refrescos frescos de burbujas brujas". Se trata de algo diferente dentro de mi producción literaria. Por primera vez he escrito poemas para niños. Salió uno, salieron dos y, de pronto, tenía una veintena. Espero que guste; lo que sí sé es que yo disfruté mucho haciéndolo. Las ilustraciones son de Miguel Ángel Cuesta. Y sinceramente sus dibujos me sorprendieron mucho cuando los vi. Qué difícil es reconocer en los dibujos de otros lo que los autores tenemos en la cabeza... Siempre es una visión nueva, distinta, pero pensemos que ellos son también lectores del libro e interpretan como tales. Y cada lector aporta y enriquece la obra. Sin duda.
En fin, brindemos -aunque sólo sea con refresco- por este nuevo libro que, en cuanto salga -el mes que viene- dejará de ser mío para ser de todos vosotros. Ojalá sus burbujas os provoquen cosquillas en la mirada y en la sonrisa.

domingo, 28 de marzo de 2010

ME COMPRO UN LIBRO EN EL PRIMER PISO, VEO UNA EXPOSICIÓN DE FOTOS EN EL SEGUNDO, ME COMO UN CANAPÉ EN EL TERCERO

Las librerías...
Debe de ser deformación profesional, pero siempre me ha gustado ir de librerías. Elijo tres o cuatro y me paseo por la sección de narrativa de adultos con tranquilidad. Siempre salgo con algo apetecible bajo el brazo. Luego, voy al departamento de infantil. Miro cómo están situadas las distintas colecciones, miro si están mis libros y miro las novedades de las diferentes editoriales. Por un lado, es una manera de mantenerse al día de lo que se publica: autores, ilustradores, argumentos, géneros, formatos, tipos de encuadernación. Por otro lado, es la forma más fácil de comprender que ronda casi lo milagroso si alguien elige un libro -ese libro- por encima de todos los demás. Toda una cura de humildad, sí señor. Las librerías están cada vez más llenas de libros, verdaderamente saturadas. Hay tantísimo publicado... Y la oportunidad que se le da a los nuevos ejemplares de ser vistos por los futuros lectores es cada vez menor. Y sucede también con los libros para niños, no sólo con los adultos. Si en unas semanas el libro no se abre camino, pierde la posibilidad de ser encontrado, de ser leído y es rápidamente sustituido por otro más joven. Libros de temporada, como la ropa. La primavera barre al invierno, y eso en febrero nada menos. Es muy difícil que un libro consiga su propio espacio y permanezca en él durante años y años: sólo lo logran unos pocos elegidos. También en infantil. Las ventas en librerías -salvo honrosas excepciones- son más bien escasas. La mayor parte de los autores españoles viven de los libros que se prescriben en los colegios, esa es una buena manera de vender un número importante de una tacada. Sin embargo, las colecciones de prescripción no son ya lo que eran y hoy en día se apuesta mucho más por los llamados libros de consumo o trade, esos títulos que se venden en librerías y que todos aspiran a que se conviertan en bestsellers. ¿Seguirán mucho tiempo más las librerías así? ¿Llenas a rebosar? ¿Habrá un cambio con la llegada del libro digital? Por lo menos, ahorrarán mucho espacio en almacenaje... Pero ¿y entonces? ¿A qué se dedicarán exactamente? Lo cierto es que estamos ya en el proceso del cambio... Exposiciones, tertulias, presentaciones, conciertos, cafeterías, restaurantes... El futuro está llegando.

domingo, 21 de marzo de 2010

¿Te gusta escribir?

Acabo de regresar de Málaga. Una semana haciendo encuentros en colegios. De Málaga ciudad a La Viñuela, a Torrox, Vélez-Málaga, Benalmádena, Fuengirola... Más de mil niños escuchándome y haciéndome preguntas, la mayor parte de ellos con un libro mío dedicado bajo el brazo a la salida. Una experiencia hermosa, emocionante... y muy cansada. Una experiencia que me alimenta sin duda y espero que los alimente a ellos también. Siempre la cojo con ganas y con miedos, y la siento intensa y no del todo perfecta, esa es la verdad. Hay tantos factores que juegan a su favor y en su contra al mismo tiempo... El número de niños, el tiempo disponible, la adecuación de la sala utilizada -la biblioteca, la clase, el salón de actos, el gimnasio-, la labor previa de los profesores, mi estado general, mi humor, la facilidad con que conecto con ellos ese día... en fin. A base de años y años de sesiones, las cosas van saliendo y, a pesar de todos los temores, van saliendo bien, incluso extraordinariamente bien algunas veces. Pero sigo preguntándome cosas, siempre. ¿Por qué se sienten mis lectores tan emocionados por hacer sus preguntas -esas que llevan en un papel estrujado entre sus manos- que a veces no escuchan las respuestas? Y no me refiero a las de los otros, sino a las de ellos mismos: preguntan y, antes de que el autor haya acabado de responder, ya están hablando con el compañero, o ensimismados mirando al techo... En realidad, ¿sienten verdadera curiosidad, verdadero interés, o se trata sólo de quedar bien ante el profesor y los demás alumnos? Y otro interrogante más: ¿Por qué en este viaje por dos veces consecutivas, después de hablar y hablar sobre el acto de la creación, sobre esta profesión que sí se elige voluntariamente, sobre el disfrute que produce escribir a pesar del desgaste, de la soledad y del sufrimiento que acarrea..., ¿por qué después de todo eso, me han preguntado en dos ocasiones si me gustaba escribir? No es que lo hayan dado por hecho, no es que lo hayan corroborado, es que lo han preguntado. "¿Te gusta escribir?" Así, sin más. Como una pregunta cualquiera. De nuevo, esa sensación de que las palabras -mis palabras- revolotean en torno a ellos, sin penetrar del todo en su corazón. Pero también hay siempre, en todas las sesiones, unos cuantos niños que te miran a los ojos, de verdad; que absorben lo que dices, de verdad, y que te sonríen tímidamente. No arman bulla, no sobresalen, no levantan la voz. Son lectores que se fijan en lo pequeño, en los gestos, en las palabras tenues. Me reconozco en ellos y los siento ahí, muy próximos a mí.
Dejaremos lo de las librerías para otro día. Y también lo de la ilustración, 40jos. Aunque de eso tú sabes mucho más que yo. Por cierto, estaba acostumbrada a verte en El País. Te echo de menos.

miércoles, 10 de marzo de 2010

¿PUBLICAR?

Me pregunto sinceramente cómo hacen los noveles para acceder a la posibilidad de publicar una obra, de llegar a meter apenas el pie en esa rendija de la puerta que está muy entornada para todos -incluso para los que ya tenemos bastante obra publicada. Y, además, tengo toda la impresión de que la puerta se cierra cada vez más. Se cierra, entre otras cosas, porque ya no caben más originales dentro. Las editoriales están plagadas de cajas y cajas llenas de manuscritos que casi nadie mira, que casi nadie lee. Libros de los que, como mucho, se hojean cinco páginas; hojear con "h", sí: significa "pasar páginas", no leerlas. A veces un editor en horas bajas llega a leer veinte páginas en diagonal, haciendo lectura rápida. Conozco una editora que se jacta de leer mientras pela patatas en la cocina. Lo curioso es que lo dice como si fuera un gran qué. ¡Qué mundo este! -el de la edición, me refiero-. Los editores que deciden -los editores ejecutivos, los directores editoriales- dejaron de leer ya hace mucho. No tienen tiempo, pobres... El caso es que no leen nada de nada, ni lo que publican, ni lo que publica el vecino para mantenerse al corriente de tendencias. Los pocos editores que leen -suelen ser los editores técnicos, los que llevan todavía poco tiempo en la profesión- leen por responsabilidad, por respeto a los autores, pero no tienen ningún poder de decisión. Así que poco pueden hacer, tratar de "vender" la obra a sus jefes, nada más. Son éstos los que decidirán y lo harán casi siempre por causas externas al libro: si el nombre del autor vende, si es prioritario mantenerlo en su catálogo, si el tema es comercial, si la competencia ha sacado algo parecido y le va muy bien... Pero que el editor técnico no ose jamás comentar que se trata de un "libro de calidad". Si lo hace en un momento de debilidad y lo piensa honestamente, perderá todas las bazas de que ese libro sea publicado. El jefe le mirará de arriba abajo y decidirá en el acto que es mejor que la obra se quede en el cajón. No fuera a ser que, de sacarla, no pasase de la primera edición. A esa "rara avis" del editor responsable y lector -porque disfruta haciéndolo- no le queda ni la posibilidad de conversar de libros con los autores, y qué conversaciones tan ricas serían ésas. Pero, ¡ojo! Los editores técnicos no se tratan con los autores y los directores editoriales, que sí lo hacen -en ocasiones los invitan a comer-, jamás hablan con ellos de sus libros. ¿Cómo hacerlo por delegación? ¿Cómo hacerlo sin que los pillen en un renuncio y pierdan su aureola de intelectuales de pro. Es mejor hablar del tiempo y de los conocidos comunes, que eso no supone ningún esfuerzo y ofrece muchas más posibilidades de echar unas risas.
Creo que no tengo un buen día. Así que lo dejo por hoy, que no quiero pecar de pesimista.
En otro momento hablamos de las librerías y de los libros que entran y salen de ellas sin siquiera ser desembalados. Lo dicho, no tengo un buen día.

domingo, 21 de febrero de 2010

EL TÉ DE LAS CINCO

Es domingo. Nieva en la calle y cada vez tengo más claro que odio el invierno. Un té, unas pastas y una tertulia en torno a una mesa. Sólo eso puede hacerme dar cuenta de la utilidad del frío. Siempre se habla mejor con una taza en la mano, o con una copa de vino, una caña o un vermú. Y, sobre todo, con gente alrededor que escuche y alimente la conversación con sus ideas. Interacción, esa es la comunicación humana. Eso es lo que me enseñaron ya hace muchos años en la Facultad de Periodismo. Y eso es lo que intento siempre: dialogar. A través de mis libros y en los encuentros en los colegios. Contar mi porqué y, a través de las miradas, de los comentarios de los otros, redescubrir mis porqués. Y, por descontado, eso es lo que quiero hacer en este blog que inauguro hoy, y al que -a pesar de todas las dudas que tengo- quisiera serle fiel. Me comprometo a intentarlo, pero necesito vuestra ayuda para que no muera. Por favor.
Estoy leyendo mucho, por trabajo. Y estoy tratando de arañar algo de tiempo para comenzar un nuevo libro, creo que ya ha llegado el momento. A pesar de que espero la salida de dos en este año, y todavía hay otros dos que tratan de abrirse camino sin haberlo conseguido aún. Pero un lector que me escribe de vez en cuando me pidió nuevas obras, y también yo me las estoy pidiendo a mí misma. Hay una idea que está creciendo en mi cabeza... En principio era para un cuento corto, pero se está haciendo más y más grande, y ya no voy a poder encerrarla en un álbum de pocas páginas. Estaría aprisionada y yo quiero que nazca en libertad. Si nace ya mayor de edad qué le vamos a hacer. Que así sea. Será que estaba escrito.