domingo, 8 de mayo de 2016

LOS LECTORES SOMOS MENOS LECTORES

Estaba en COU cuando nació EL PAÍS. La mejor profesora de Literatura que he tenido nunca -una de esas personas capaces de crecerse y contagiarte entusiasmo cuando sienten a fondo- nos llevó de visita a su sede nueva, esplendorosa. Mientras caminábamos por la redacción, mientras imaginábamos las rotativas en movimiento, su mirada -la mirada de Mari Carmen García Arranz- nos indicaba que aquel periódico era distinto, especial y formaba parte de un mundo nuevo. Yo, que deseaba estudiar Periodismo, me “vi” sentada frente a aquellas mesas, pegada al teléfono y a la máquina de escribir, y sentí miedo pero también ilusión: era el futuro, y tal vez fuera también mi futuro. Después, a la hora de la verdad, nunca trabajé en aquella redacción, sí en otra. Pero sí publiqué algunos artículos en EL PAÍS SEMANAL gracias a otra mujer -Rosa Montero- a la que no conocía personalmente pero que siempre acogió con un afectuoso “te lo vamos a publicar” los textos que le presenté. Desde entonces, mi historia ha caminado junto a la historia del periódico, del que soy suscriptora fiel desde hace años. Y, de pronto, no sé muy bien cómo, han pasado cuarenta años. “Veinte años no es nada”, dice el tango, pero cuarenta… cuarenta en este caso no es el doble de nada. El martes pasado, todos los que compramos EL PAÍS habitualmente volvimos a enfrentarnos a la primera portada, la del 4 de mayo de 1976. Vaya, fue un ejercicio curioso: examinándola con detenimiento, me di cuenta de lo mucho que había cambiado la forma que tenemos los lectores de percibir la información, porque, al fin y al cabo, en un periódico los diseñadores no hacen más que amoldarse a los usos y a los gustos de sus lectores, solo eso. Una única foto, pequeña, a una columna, y en blanco y negro por supuesto. El editorial y todas las informaciones -salvo la dedicada al Parlamento Europeo, que ahora descubro que se aumentó, pues no tenía la extensión necesaria- en un cuerpo de letra que casi me atrevo a calificar de “miserable” por lo minúsculo y que, desde luego, nadie hoy osaría emplear en prensa. De hecho, no tiene nada que ver con el cuerpo que utiliza EL PAÍS en la actualidad. ¿Acaso tenían mejor vista los lectores de hace cuarenta años que los de ahora? No, sencillamente no se amedrentaban ni ante un editorial como el del primer día, que mirado con mirada del siglo XXI tiene un aspecto de ladrillo imponente, con tan solo cuatro tímidos puntos y aparte; digo “tímidos” porque casi alcanzan el final de la línea. En fin, que el texto no respira en absoluto. Pero la gente lo devoraba, lo releía, lo reposaba, reflexionaba, lo hacía suyo o lo discutía. Ahora, para que alguien se decida a tomarse el tiempo de leer algo así hay que “engañarle” con el color, con las ilustraciones, ponérselo fácil, dárselo masticado. Ay, aquellos tiempos y estos no son los mismos: la imagen y el ritmo frenético nos han moldeado a su gusto, nos han hecho cómodos. Confieso que yo misma he leído de nuevo ese editorial titulado “Ante la reforma” en diagonal y a salto de mata. ¿Se merece tal agravio esa cubierta “histórica”, inteligente y clarísima en sus intenciones democráticas? Lo cierto es que no.

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