Los libros de Michael Ende me han acompañado desde mi infancia. Leí “Jim Botón y Lucas el maquinista” con ocho años, y, enseguida, “Jim Botón y los trece salvajes”. Fue un impacto, disfruté tanto con ellos… De hecho, son los libros que más recuerdo de los numerosos que tenía de niña. Por supuesto, entonces no tenía ni idea de quién era su autor, pero sí conocía perfectamente a Jim, y al bueno de Lucas. Años después, ya adulta, leí un libro que me dejó chocada, era distinto a todo lo que había leído anteriormente. El título, “La historia interminable”. Resultó que su autor era alemán y que se llamaba Michael Ende. La obra me llamó tanto la atención, que quise indagar más sobre la biografía y los otros libros del escritor. Así descubrí que, sin saberlo, él ya llevaba años formando parte de mi vida porque era el creador de Jim Botón, ni más ni menos. Luego, durante mi etapa de editora, tuve el enorme privilegio de traducir varios libros suyos -“El teatro de sombras”, “El secreto de Lena”, “El pequeño títere” y “El ponche de los deseos”- y de conocerle personalmente en 1990, durante su visita a El Escorial para participar en un curso sobre literatura fantástica.
Sé por propia experiencia que los argumentos no nacen de la nada y que, por muy imaginativos que sean, están firmemente enraizados en las vivencias de los escritores. "El hijo del pintor", mi nueva novela, nació porque deseaba dar forma a ese niño reflexivo, profundamente imaginativo, que absorbía cultura y arte por todos sus poros. La pintura, los cuentos, el teatro… estaban presentes en Ende aun antes de su propio nacimiento, a pesar de la época en que le tocó crecer: en la Alemania del nazismo. El Tercer Reich acabó con las aspiraciones pictóricas de su padre, Edgar Ende, y marcó su literatura para siempre.
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miércoles, 1 de abril de 2015
"EL HIJO DEL PINTOR", MI ESPECIAL HOMENAJE A MICHAEL ENDE
Micha no era un niño cualquiera.
Era el hijo de un pintor. De un pintor, además, que no dibujaba cosas reales, no. Dibujaba sueños, y a veces, pesadillas.
Y eso marca. ("El hijo del pintor". Col: Sopa de Libros. Ed: Anaya, 2015
Los libros de Michael Ende me han acompañado desde mi infancia. Leí “Jim Botón y Lucas el maquinista” con ocho años, y, enseguida, “Jim Botón y los trece salvajes”. Fue un impacto, disfruté tanto con ellos… De hecho, son los libros que más recuerdo de los numerosos que tenía de niña. Por supuesto, entonces no tenía ni idea de quién era su autor, pero sí conocía perfectamente a Jim, y al bueno de Lucas. Años después, ya adulta, leí un libro que me dejó chocada, era distinto a todo lo que había leído anteriormente. El título, “La historia interminable”. Resultó que su autor era alemán y que se llamaba Michael Ende. La obra me llamó tanto la atención, que quise indagar más sobre la biografía y los otros libros del escritor. Así descubrí que, sin saberlo, él ya llevaba años formando parte de mi vida porque era el creador de Jim Botón, ni más ni menos. Luego, durante mi etapa de editora, tuve el enorme privilegio de traducir varios libros suyos -“El teatro de sombras”, “El secreto de Lena”, “El pequeño títere” y “El ponche de los deseos”- y de conocerle personalmente en 1990, durante su visita a El Escorial para participar en un curso sobre literatura fantástica.
Sé por propia experiencia que los argumentos no nacen de la nada y que, por muy imaginativos que sean, están firmemente enraizados en las vivencias de los escritores. "El hijo del pintor", mi nueva novela, nació porque deseaba dar forma a ese niño reflexivo, profundamente imaginativo, que absorbía cultura y arte por todos sus poros. La pintura, los cuentos, el teatro… estaban presentes en Ende aun antes de su propio nacimiento, a pesar de la época en que le tocó crecer: en la Alemania del nazismo. El Tercer Reich acabó con las aspiraciones pictóricas de su padre, Edgar Ende, y marcó su literatura para siempre.
Los libros de Michael Ende me han acompañado desde mi infancia. Leí “Jim Botón y Lucas el maquinista” con ocho años, y, enseguida, “Jim Botón y los trece salvajes”. Fue un impacto, disfruté tanto con ellos… De hecho, son los libros que más recuerdo de los numerosos que tenía de niña. Por supuesto, entonces no tenía ni idea de quién era su autor, pero sí conocía perfectamente a Jim, y al bueno de Lucas. Años después, ya adulta, leí un libro que me dejó chocada, era distinto a todo lo que había leído anteriormente. El título, “La historia interminable”. Resultó que su autor era alemán y que se llamaba Michael Ende. La obra me llamó tanto la atención, que quise indagar más sobre la biografía y los otros libros del escritor. Así descubrí que, sin saberlo, él ya llevaba años formando parte de mi vida porque era el creador de Jim Botón, ni más ni menos. Luego, durante mi etapa de editora, tuve el enorme privilegio de traducir varios libros suyos -“El teatro de sombras”, “El secreto de Lena”, “El pequeño títere” y “El ponche de los deseos”- y de conocerle personalmente en 1990, durante su visita a El Escorial para participar en un curso sobre literatura fantástica.
Sé por propia experiencia que los argumentos no nacen de la nada y que, por muy imaginativos que sean, están firmemente enraizados en las vivencias de los escritores. "El hijo del pintor", mi nueva novela, nació porque deseaba dar forma a ese niño reflexivo, profundamente imaginativo, que absorbía cultura y arte por todos sus poros. La pintura, los cuentos, el teatro… estaban presentes en Ende aun antes de su propio nacimiento, a pesar de la época en que le tocó crecer: en la Alemania del nazismo. El Tercer Reich acabó con las aspiraciones pictóricas de su padre, Edgar Ende, y marcó su literatura para siempre.
sábado, 29 de marzo de 2014
ESCRIBIR UNA SEGUNDA PARTE
Tengo nuevo libro a punto de ver la luz. Como siempre, lo espero con ganas y con curiosidad. Porque entre otras cosas, este libro me sorprende a mí misma. Mira que llevo toda la vida diciendo que no iba a escribir segundas partes… Sin embargo, lo he hecho: he escrito una segunda parte. Así que entono el mea culpa y me prometo no decir nunca más “de esta agua no beberé”.
De todas formas, este es el riesgo de dejar siempre los finales abiertos. Si se queda mucho en el tintero, a veces a uno le dan ganas de seguir tirando del hilo, ¿o no es así? Y más aún, si hablas del primer libro en colegios y colegios, y alumnos y alumnos te preguntan durante años y años: ¿y ahora qué?
Sí, ¿ahora qué?
Hace más de diez años que publiqué el primer título: “¿De vacaciones en México?”. Y estuve tiempo y tiempo dándole vueltas a la pregunta de los chicos, negándome a desvelar qué ocurriría después con los protagonistas. La vida lo diría, yo no sabía más. Pero, de pronto, una mañana me di cuenta de mi error. La vida no iba a decir nada porque Leti y Daniel son personajes de ficción, y en su caso soy yo quien decide, no la vida… Así que ¿por qué no otorgarles una nueva oportunidad de caminar por el mundo un trecho más? Vaya… la cosa empezaba a interesarme; más aún, a motivarme. De repente, lo veía como un reto, como un experimento. Me entraron unas ganas locas de ponerme ante el papel. Y esas ganas no se pueden dejar pasar; no se logra todos los días tener la actitud adecuada. Pues, ¡a escribir una segunda parte! No había más que hablar. ¿Sería capaz de conjurar el dicho de “segundas partes nunca son buenas”?
Así nació “¿De vacaciones en Madrid?”. Y curiosamente lo hizo con alegría, sin ningún tipo de pesar, sin problemas ni durante el embarazo ni en el parto. Salió deprisa, salió sano y hoy me siento muy a gusto con él.
Pero eso sí, he atajado toda posibilidad de una nueva entrega. Y ahora sí que no hay vuelta atrás. Imposible, ni un cabo suelto. Me niego a alargar la historia como un chicle. Eso sería una trampa para los lectores y, todavía más, para mí misma. Creo…
lunes, 11 de noviembre de 2013
LA CHISPA QUE PRENDE
Qué curiosa es la mente humana… En abril de 2012, a raíz de la aparición de mi novela juvenil Falsa naturaleza muerta, escribí (ver la entrada Largo recorrido de este mismo blog): “Soy incapaz de recordar cuándo nació la primera idea, y por qué… y dónde estaba yo en aquel momento. ¿Cómo nace un libro?”. Pues bien, hace unos días, en un colegio de Madrid, durante un encuentro con lectores de la novela, en 3º de Secundaria, tuve una revelación. Así, tal cual. Para ambientarnos, les proyecto distintas imágenes, sobre todo cuadros, porque el libro habla mucho de pintura. Y, de pronto, al aparecer en la pantalla Mimetismo de Remedios Varo, que tiene su importancia en el argumento de la obra, lo vi todo claro. Allí estaba esa mujer, sentada en su butaca, mirándome. Ella, su pasividad, era la semilla. Ni más ni menos. Me vi a mí misma en 2002, en México, entrando en el Museo de Arte Moderno de la ciudad casi por casualidad, sin más fin concreto que llenar unas horas libres. Llevaba una chaqueta azul, ahora lo sé, y recorrí salas y salas hasta llegar a las de Remedios Varo, una pintora española, surrealista, que hasta entonces –lo confieso- no conocía. Su mundo aparentemente mágico, aparentemente ingenuo, sugerente, triste, me impactó. Y entre todos sus tesoros, Mimetismo me dejó noqueada. Ese fue el principio de Falsa naturaleza muerta. Ahora, once años después, lo sé sin ni un ápice de duda. Si no hubiera viajado a México, si no hubiera entrado en el museo, si mis ojos se hubiesen quedado prendidos en otro cuadro, no en Mimetismo; si… Hoy no existiría Falsa naturaleza muerta, por lo menos no existiría como es ahora. Por eso, siempre lo digo en mis charlas, una de las claves para escribir es observar. Observar hasta que algo o alguien te impacte tanto, que se aposente en tu cerebro y un día, tal vez años y años después, salte y prenda la chispa. No hay más.
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Encuentros en colegios,
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nacimiento de una obra
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