Cuando se crean historias, desde mi punto de vista puede hacerse de dos maneras:
* Libros por encargo (también de uno mismo). No salen de dentro, son historias externas, ajenas. Desgraciadamente, hoy cada vez más funciona esta manera de escribir y muchos de los libros que se publican se hacen así. Y casi me atrevería a decir que muchos de los grandes bestsellers, de los libros de más éxito comercial de la actualidad, surgieron así en la mente de sus creadores.
* Libros que salen del corazón (o del alma): del interior de uno mismo, internos, sentidos. Para mí esta manera de crear es la más honesta, también la más enriquecedora y que lleva al mayor disfrute y, en ocasiones, incluso a la felicidad. Probablemente cuesta más de realizar y produce mayor dolor cuando no se consigue lo que se quiere; pero es la única manera de implicarte en el trabajo y hacer realmente lo que quieres hacer. La mayoría de esos libros, queridos, buscados, no tienen ningún apoyo de marketing, se pierden en los lineales y sus autores no alcanzan jamás notoriedad. Pero esa es otra historia...
¿Existe un método para "arrancarte" una historia del corazón? ¿Algo así como el método Strasberg del Actor´s Studio? Pues... supongo que cada escritor tendrá el suyo. El mío es algo caótico, pero efectivo. Por lo menos para mí.
Consiste en dejar que la mente vuele: hacia dentro -es decir, ir al cajón del cerebro donde se encuentran recuerdos, personas y hechos vividos- y hacia fuera -observar calles por las que pasas, fijarte en tiendas, examinar a las personas con las que te cruzas, leer, ver cine, ir a museos. Simultáneamente a esta fase debe producirse el proceso de anotar, anotar y anotar. Porque ¿de qué sirve pensar y observar todo lo que sucede a nuestro alrededor, si no fijas esos pensamientos y se te olvidan casi en el mismo momento de "crearlos" o, mejor, de "recrearlos"? Para ello conviene siempre llevar un bloc en el que anotar palabras comodín que sirvan de nuevo disparadero de pensamientos.
Y un día uno de los temas ha crecido tanto que te obliga a elegirlo y te pone en el brete de tomar decisiones. En el cuaderno -o en el archivo del ordenador- están ya el protagonista, el entorno, el marco de la historia, el antagonista... Y muchos otros flashes que, antes o después, acabarán apareciendo en el relato. Una vez que se tienen esos puntos principales, una vez que los protagonistas han crecido y se han hecho humanos -es decir, seres normales, ni héroes, ni modelos, ni estereotipos- y se les ha dado un nombre -y eso es importante, la única manera de que adquieran identidad y vida y tengan cara-, para que se produzca esa catarsis que te hace ponerte a escribir irremediablemente, hay que volver a recordar, a observar y a analizar, y, por fin, dejarse llevar. Ponerse frente al ordenador y comenzar a escribir... Ahí, uno cree liberarse de todas las cargas y comienza a tirar para delante. Sin embargo, todo sigue en tu cabeza, está ahí, latente, y sale cuando menos lo piensas. Se producen enormes casualidades de la mente que ni siquiera tú percibes hasta mucho tiempo después.
Luego, una vez que has volcado todo en el papel, con corazón y alma, el proceso debe ser de nuevo absolutamente racional, cerebral. Llega el momento de alejarte de lo escrito, de olvidarlo, para retomarlo tiempo después -tras meses, si puede ser- y releerlo con la cabeza, no con el corazón. Es época de corregir, corregir y corregir, leer en voz alta, diseccionar las frases un a una. Solo eso, nada más.
sábado, 5 de noviembre de 2011
domingo, 9 de octubre de 2011
LEER COMO EN LA ADOLESCENCIA
Qué curioso... Cada vez se escribe más y, sin embargo, cada vez se lee menos, o, mejor dicho, se compran menos libros. Por lo menos, eso dicen las encuestas. ¿Será que la gente va más a las bibliotecas? Ojalá... Cada vez hay más blogs, más personas que necesitan volcar sus experiencias, sus sensaciones, sus frustraciones en un papel -o sobre una pantalla-; más autores que mandan sus originales a editoriales y premios. Pero ¿cuántos de ellos leen de verdad? ¿Cuántos de ellos están dispuestos a pasar una tarde en soledad degustando una buena novela? ¿Cuántos se alimentan de los libros? Conozco a un escritor que se jacta de que no le gusta la lectura. ¿Leer? ¡No! A él lo que le motiva es escribir... Esperemos que sus posibles lectores no sean de su misma opinión.
Y los adultos que continúan leyendo todavía lo hacen ya de otra manera: picoteando aquí y allá, leyendo en horizontal para estar al tanto de todo y no profundizar en casi nada. Las prisas, el exceso de información, la mucha oferta y la dificultad de centrarnos en algo concreto nos "obligan" a hacer tres cosas a la vez, y es muy difícil poner todos los sentidos en un libro cuando con un ojo se miran los mensajes del móvil y una parte de nuestro cerebro piensa en la reunión de trabajo que nos espera al día siguiente.
Sin embargo, bastantes de nosotros conservamos en nuestra mente gratísimos recuerdos relacionados con determinados libros que, en nuestra adolescencia, fueran buenos o malos, nos hicieron olvidarnos del presente que nos rodeaba. Nos sumergíamos en ellos hasta el fondo, nos negábamos a abandonarlos cuando nuestra madre nos reclamaba para la cena, "mendigábamos dos páginas, solo dos páginas más"; deseábamos que, avanzando en la lectura, se fueran atando todos los cabos y, al mismo tiempo, lo temíamos porque eso indicaba que se acercaba el final, el ansiado y temido final. Qué hermoso el final, y también qué triste... No porque el libro terminara mal, sino simplemente porque terminaba, sin más, y habría que buscar otra novela tan arrebatadora como aquella, otra más. Libros que hablaban de la vida, de renuncia, de lucha, de sufrimiento, de superación y de amor... Me veo a mí misma absolutamente inmersa en "Vinieron las lluvias", de Luis Bromfield. Ranchipur, las castas, el olor perfumado de la buganvilla, las aguas torrenciales, el cólera... Montando a caballo por las grandes praderas gracias a las novelas del oeste de Zane Grey, en las que siempre había mujeres que tenían que hacerse pasar por hombres para poder ganarse un jornal y una vida mejor. Gracias a "El primero de la cuerda" de Frison Roche -¿quién sería?- me recuerdo en los Alpes, formando parte de una cordada que le plantaba cara al Mont Blanc, aunque uno de sus miembros sufriera vértigo después de un accidente. Son libros que leí tres, cuatro, cinco veces, a pesar de que conocía su argumento de "pe a pa". ¿Qué importaba eso si me hacían vibrar una y otra vez? Nunca más he vuelto a leer de esa manera, nunca más he vuelto a sentir de esa manera...
Dicen que los adolescentes cada vez leen menos. Bueno... no sé, pero sí sé que los que lo hacen leen como lo hacíamos nosotros entonces: arrebatadamente, hasta el fondo, que por algo son adolescentes. Solo es necesario que la novela los incite, los obligue a tirarse a la piscina de cabeza, sin pensar. Esa es la cuestión.
Y los adultos que continúan leyendo todavía lo hacen ya de otra manera: picoteando aquí y allá, leyendo en horizontal para estar al tanto de todo y no profundizar en casi nada. Las prisas, el exceso de información, la mucha oferta y la dificultad de centrarnos en algo concreto nos "obligan" a hacer tres cosas a la vez, y es muy difícil poner todos los sentidos en un libro cuando con un ojo se miran los mensajes del móvil y una parte de nuestro cerebro piensa en la reunión de trabajo que nos espera al día siguiente.
Sin embargo, bastantes de nosotros conservamos en nuestra mente gratísimos recuerdos relacionados con determinados libros que, en nuestra adolescencia, fueran buenos o malos, nos hicieron olvidarnos del presente que nos rodeaba. Nos sumergíamos en ellos hasta el fondo, nos negábamos a abandonarlos cuando nuestra madre nos reclamaba para la cena, "mendigábamos dos páginas, solo dos páginas más"; deseábamos que, avanzando en la lectura, se fueran atando todos los cabos y, al mismo tiempo, lo temíamos porque eso indicaba que se acercaba el final, el ansiado y temido final. Qué hermoso el final, y también qué triste... No porque el libro terminara mal, sino simplemente porque terminaba, sin más, y habría que buscar otra novela tan arrebatadora como aquella, otra más. Libros que hablaban de la vida, de renuncia, de lucha, de sufrimiento, de superación y de amor... Me veo a mí misma absolutamente inmersa en "Vinieron las lluvias", de Luis Bromfield. Ranchipur, las castas, el olor perfumado de la buganvilla, las aguas torrenciales, el cólera... Montando a caballo por las grandes praderas gracias a las novelas del oeste de Zane Grey, en las que siempre había mujeres que tenían que hacerse pasar por hombres para poder ganarse un jornal y una vida mejor. Gracias a "El primero de la cuerda" de Frison Roche -¿quién sería?- me recuerdo en los Alpes, formando parte de una cordada que le plantaba cara al Mont Blanc, aunque uno de sus miembros sufriera vértigo después de un accidente. Son libros que leí tres, cuatro, cinco veces, a pesar de que conocía su argumento de "pe a pa". ¿Qué importaba eso si me hacían vibrar una y otra vez? Nunca más he vuelto a leer de esa manera, nunca más he vuelto a sentir de esa manera...
Dicen que los adolescentes cada vez leen menos. Bueno... no sé, pero sí sé que los que lo hacen leen como lo hacíamos nosotros entonces: arrebatadamente, hasta el fondo, que por algo son adolescentes. Solo es necesario que la novela los incite, los obligue a tirarse a la piscina de cabeza, sin pensar. Esa es la cuestión.
lunes, 19 de septiembre de 2011
COLABORACIÓN EN "EL TIRAMILLA"
EL TIRAMILLA es un interesantísimo blog de Literatura Infantil y Juvenil. La gente de la revista ha tenido el detalle de contar conmigo en una de sus secciones. El artículo se titula "El libro invisible" y habla de la visibilidad y la invisibilidad de la literatura, algo injusto y casi siempre ajeno a la calidad. Si queréis leerlo y daros una vuelta por EL Tiramilla, aquí va el link: http://eltiramilla.com/el-libro-invisible/
domingo, 4 de septiembre de 2011
PURA ARTESANÍA
Mis últimos días de vacaciones han sido de mucho trabajo, y encantadores. El Arbeitskreits für Jugendliteratur -equivalente en Alemania a la Oepli- y la Fundación Robert Bosch me concedieron una beca para pasar una semana en Hamburgo en un seminario de traducción juvenil del alemán con otras catorce traductoras profesionales de países como Tailandia, Polonia, Croacia, Gran Bretaña, Brasil o Italia. El experimento ha sido fantástico y muy enriquecedor. Días intensos en torno a la mesa de trabajo, coordinadas por Tobias Scheffel - traductor del francés al alemán-, compartiendo problemas de traducción que solo pueden comprender los que se enfrentan día a día con este oficio: lenguaje coloquial de los jóvenes, adaptación de frases hechas, lo políticamente correcto, lo humorístico... Una auténtica gozada también poder comentar las soluciones que distintos traductores en distintas lenguas hemos adoptado para los mismos libros. Eso, por no hablar de la suerte de conocer cara a cara a autoras como Kirstin Boie -de quien traduje en su día "Skogland" al español- o Isabel Abedi. Y todo en un ambiente distendido y hermosísimo, el de la "Elsa Brändström-Haus" en el sosegado -y boscoso- barrio de Blankenese. En fin, la confirmación una vez más de que esto de la traducción engancha cuanto más tortuoso resulta porque es un trabajo que tiene mucho de literario, y también de creativo, y, sin duda, de detectivesco, pero también bastante de masoquista... Crea adicción enfrentarse a retos para superarlos, aunque eso no ocurra siempre. Qué difícil -pero qué necesario- poner tarifas a una páginas que a veces se tardan meses en resolver, como verdaderos jeroglíficos. Por eso, en el fondo de nosotros mismos los traductores sabemos que este oficio, pura artesanía -en pleno siglo XXI-, seguirá estando siempre mal pagado. Lo cual no quita que sea una suerte dedicarnos a él.
jueves, 21 de julio de 2011
"EL NOMBRE DE LA ROSA" VERSIÓN ABREVIADA
He estado en Laredo, impartiendo dos clases en un curso de Literatura, dirigido por Aura Tazón -www.kattigara.com- en la Universidad de Cantabria. Hablé del marketing y de la necesidad que tienen los libros hoy en día de llegar a ser visibles. Si no nos cuentan que existe una obra, no lo sabemos y, por tanto, es una obra perdida. En el mundo actual solo existen los libros que se promocionan y, por eso, se produce una uniformidad pasmosa: casi todos leemos los mismos, esos de los que se hacen tiradas espectaculares, esos de los que habla todo el mundo, esos que están a montones en las mesas de novedades. De los demás -en muchas ocasiones de tanta calidad o más que los famosos "best sellers"- nadie conoce su existencia: son invisibles. Del lineal de la librería vuelven a la editorial y, de allí, directamente a la guillotina. Quizá tengan una mayor oportunidad en la red, auque pienso que también necesitarán de la promoción para que alguien decida seleccionarlos y darle al botón de lectura o de impresión. Lo cierto es que, aunque no quiera, no veo un futuro demasiado esperanzador al respecto.
El caso es que, coincidiendo con la preparación de la charla, los hados se confabularon para que por todas partes -prensa, TV, librerías- viera "pistas" que ahondaban impepinablemente en el tema: el estreno de la última película de Harry Potter llevaba a los periodistas a hablar de la saga, entrevistaban a Mario Muchnik en la radio o leía en el periódico que Umberto Eco había decidido hacer una revisión de "El nombre de la rosa" para quitarle hierro... Y esto último es lo que me dejó más noqueada. A pesar de la indudable profundidad de la novela, en su momento la leímos millones de personas en todo el mundo. La comprendimos, la superamos, nos hizo pensar, dijimos que nos gustaba. Ahora, sin embargo, Eco afirma que va a pulirla, que va a quitarle los escollos que tenía, que va a hacerla más fácil para el gran público... Es perfectamente lícito que un autor, si no se siente a gusto con su obra, la revise; pero yo no sé si es eso exactamente lo que le sucede a Eco. Me cuesta creerlo conociendo al personaje. Más bien me inclino por que piense que en el mundo actual, este mundo de la lectura horizontal, de las prisas, de la falta de atención, de la impaciencia, no habrá ya nadie que se "trague" "El nombre de la rosa" como entonces y que, si quiere conseguir nuevos "adeptos", deberá quitarle filosofías y convertirla en una novela policiaca más al uso. En fin, seguramente perderá profundidad, pero venderá todavía más. Y eso debe de tentar hasta al mismo Eco. Qué cosas...
El caso es que, coincidiendo con la preparación de la charla, los hados se confabularon para que por todas partes -prensa, TV, librerías- viera "pistas" que ahondaban impepinablemente en el tema: el estreno de la última película de Harry Potter llevaba a los periodistas a hablar de la saga, entrevistaban a Mario Muchnik en la radio o leía en el periódico que Umberto Eco había decidido hacer una revisión de "El nombre de la rosa" para quitarle hierro... Y esto último es lo que me dejó más noqueada. A pesar de la indudable profundidad de la novela, en su momento la leímos millones de personas en todo el mundo. La comprendimos, la superamos, nos hizo pensar, dijimos que nos gustaba. Ahora, sin embargo, Eco afirma que va a pulirla, que va a quitarle los escollos que tenía, que va a hacerla más fácil para el gran público... Es perfectamente lícito que un autor, si no se siente a gusto con su obra, la revise; pero yo no sé si es eso exactamente lo que le sucede a Eco. Me cuesta creerlo conociendo al personaje. Más bien me inclino por que piense que en el mundo actual, este mundo de la lectura horizontal, de las prisas, de la falta de atención, de la impaciencia, no habrá ya nadie que se "trague" "El nombre de la rosa" como entonces y que, si quiere conseguir nuevos "adeptos", deberá quitarle filosofías y convertirla en una novela policiaca más al uso. En fin, seguramente perderá profundidad, pero venderá todavía más. Y eso debe de tentar hasta al mismo Eco. Qué cosas...
lunes, 30 de mayo de 2011
A SOLAS CON NUESTRO LIBRO
Feria del Libro el sábado, Feria del Libro el domingo. Calor, gente, alboroto, alboroto, alboroto. La palabra "feria" remite a alboroto; la palabra "libro" necesita sosiego y, sin embargo, aquí van de la mano. ¿Congenian bien el alboroto y el sosiego? Gracias a la fiesta, a la algarabía, a los payasos, a las risas, al famoseo de las casetas -por cierto, ¿dónde están los escritores? En la feria cada vez hay menos...- ¿se llega al libro? Parece que la industria cree que sí... Yo empiezo a tener mis dudas. Hay una tendencia a tratar de contagiar el gusto de la lectura a los niños haciéndoles creer que el libro es un instrumento para el juego, una constante diversión, una herramienta de socialización de la que todos pueden disfrutar en grupo. Pero, honestamente, creo que el festejo en torno al libro puede tener sentido si antes ha existido la serenidad suficiente para que el libro nos hablara a nosotros solos, nos desvelara su misterio, sus claves, con la paz necesaria para que nosotros -uno a uno- pudiésemos descubrirlo.
Ayer estuve en un acto de la feria por la mañana. Una reconocida autora de libros para niños leía algunas de sus obras mientras un músico estupendo acompañaba sus bellas palabras con melodías adecuadas. El resultado era hermosísimo. Y armónico. Y contagiaba amor al libro. Y hubiera funcionado en un recinto adecuado, insonorizado, que hubiera permitido la paz y la serenidad necesarias para deleitarse en la música, en la voz y la palabra. Pero hacía calor, el ruido era atroz, los padres y los niños iban y venían, y muy pocos prestaban atención. Cuesta sentarse y concentrarse cuando hay tantos agentes externos que invitan a la dispersión. Ayer, salvo la profesionalidad del músico y la escritora, nada fue como debía ser. Qué pena...
Por favor, juguemos con nuestros niños todo lo que podamos en la feria; corramos, saltemos, riamos, pero cuando lleguemos a casa con los libros en nuestras bolsas, hagamos una pausa, respiremos hondo, sentémonos y pongámonos a leer tranquilos, sin algarabía, sin ruido, a solas con nuestro libro. Solo eso.
Ayer estuve en un acto de la feria por la mañana. Una reconocida autora de libros para niños leía algunas de sus obras mientras un músico estupendo acompañaba sus bellas palabras con melodías adecuadas. El resultado era hermosísimo. Y armónico. Y contagiaba amor al libro. Y hubiera funcionado en un recinto adecuado, insonorizado, que hubiera permitido la paz y la serenidad necesarias para deleitarse en la música, en la voz y la palabra. Pero hacía calor, el ruido era atroz, los padres y los niños iban y venían, y muy pocos prestaban atención. Cuesta sentarse y concentrarse cuando hay tantos agentes externos que invitan a la dispersión. Ayer, salvo la profesionalidad del músico y la escritora, nada fue como debía ser. Qué pena...
Por favor, juguemos con nuestros niños todo lo que podamos en la feria; corramos, saltemos, riamos, pero cuando lleguemos a casa con los libros en nuestras bolsas, hagamos una pausa, respiremos hondo, sentémonos y pongámonos a leer tranquilos, sin algarabía, sin ruido, a solas con nuestro libro. Solo eso.
lunes, 16 de mayo de 2011
EL ORGULLO DEL EDITOR
En el mundo actual, en el que hay tantos libros prescindibles, uno se siente bien cuando publica un libro diferente, especial; algo que se sale de la norma, que hace pensar, que hace crecer al lector. Eso es lo que queremos, eso es lo que deseamos los editores: ni bestsellers flojitos, ni más de lo mismo. Y eso es lo que ofrece "Ecos. Historia de los cuentos borrosos" de Paloma Sánchez Ibarzábal, un libro que me hace sentir orgullosa de la colección juvenil que dirijo en la editorial San Pablo. Un libro que recomiendo vivamente a todo aquel -sea joven o no tan joven- que quiera embebérselo o bebérselo a pequeños sorbos para deleitarse con ellos, para saborearlos, hasta llegar a un final redondo, sorprendente y, al mismo tiempo, logiquísimo.
RESEÑA
Es verano. Hace calor. Camilo está solo en su casa y no puede dejar de pensar en la reciente muerte de su hermano Chema. Sin saber muy bien por qué, comienza a escribir una novela, la novela de Clara y Juan Carlos, que a pesar de ser vecinos no saben apenas nada el uno del otro hasta que una tarde de verano sus mundos se cruzan por azar. Y, de pronto, en la novela de Clara y Juan Carlos aparecen cosas de la vida de Camilo. Y, de pronto, en la vida de Camilo suceden cosas que sus manos –como si tuvieran autonomía propia- han escrito previamente en la novela. Todo parece estar encadenado: los cuadros de Escher, las figuras de Lladró que van pasando de mano en mano y las personas que acaban convertidas en personajes. Porque “nada es lo que parece y todo siempre puede ser otra cosa que nunca sabes…”.
Un libro distinto a todo lo publicado hasta la fecha, que sorprenderá a los jóvenes adultos tanto como a los adultos jóvenes. Una excelente novela para todos, sin fronteras de edad. Y casi un libro de cabecera para los amantes de la escritura.
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