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domingo, 9 de febrero de 2014

¡QUÉ VIVAN LOS FINALES ABIERTOS!*

En este mundo actual parece que, en principio, tendemos a lo cómodo. Tanto las listas de películas y series de televisión más vistas, como las de libros más leídos nos indican que nos decantamos preferentemente por las historias de acción que no nos hacen pensar demasiado. Si nos centramos en los libros, está claro que optamos por la novela de evasión, esa que “no nos calienta la cabeza”. Si analizamos las estadísticas de hábitos lectores, da la sensación de que lo importante es el hecho de leer en sí mismo más que la elección de un título concreto. Es decir, ¡qué bien que leemos, aunque sea de una manera mecánica! Pero ¿es que la lectura mecánica nos asegurará una plaza en el cielo? En realidad, asegurarnos no nos asegura nada, salvo el no pensar, pero sí nos permite hacernos la ilusión de que en España cada vez hay más lectores porque más del sesenta y pico por ciento de la población lee por lo menos un libro al trimestre. Sin embargo, habría que preguntarse si a eso se le puede llamar verdaderamente leer… El caso es que proliferan en los cines, en las distintas cadenas de televisión y en las librerías las películas, las series y los libros comerciales, productos casi de usar y tirar, que divierten y no dejan huella. Todos cortados por el mismo patrón, clónicos, convencionales y efímeros. Sin embargo, yo como lectora no quiero eso. Huyo de que me cuenten una historia y me digan cómo termina, paso a pasito y de pe a pa. No soporto que me lo den todo hecho y me respondan a todas las preguntas. Y todo bien masticadito y digerido, además. Me espanta saber desde el principio lo que va a ocurrir y que todo vaya bien encarrilado para que nada me sorprenda. Intuirlo todo y no equivocarme en el desarrollo de ningún personaje, que me suene todo a conocido, ¡qué horror! ¿Que me aten todos los cabos…? No, ¡por Dios! Como lectora admito –es más, necesito- que al principio el autor me lleve de la mano, pero no acepto que en el desarrollo y al final, cuando ya he madurado la historia, siga haciéndolo como una madre protectora incapaz de ver crecer a su hijo. Por eso, le exijo que me deje volar en libertad. Que el autor me interrogue, me cuestione cosas, eso sí. Pero de las respuestas me encargo yo. Gracias. La tan manida frase de que el gran objetivo de un libro o de una película es el de entretener no va conmigo. No, yo no quiero que una historia solo me entretenga. Para eso ya hago punto de cruz. Y por eso mismo, cuando escribo para jóvenes, mi meta final tampoco es entretenerlos. Ansío por supuesto que se enganchen de la lectura, que se interesen por lo que ocurre, y utilizo “cebos” para ello, ¿cómo no? Muchas veces, una historia de amor, sí. Pero a través de ella, aparecen muchas cosas más con las que pretendo hacerles reflexionar sobre otros temas. En realidad, los libros –mis libros- tratan de ser como cajas de alfileres. Quisiera que a medida que avanza en la lectura, el lector recibiera alfilerazos. Quizá algunos sean tan suaves, tan tenues, que no prendan en él, pero quiero que otros le aguijoneen, le sacudan, le sirvan de acicate, le lleven a plantearse interrogantes, le hagan meditar; incluso, que le estimulen tanto como para obligarle a buscar más allá de mi novela. Solo entonces mi libro se convertirá en el puente que aproxime a otros libros, lugares, personas, hechos. En cuanto a la historia de amor, bueno, casi nunca termina con el beso de “Happy end” que los lectores esperan. Y eso descoloca a muchos, y me lo suelen decir cuando hago encuentros con ellos en los centros, y me piden segundas partes donde arreglar lo que no se ha arreglado en la “primera”, donde atar lo que no está atado y bien atado. Pero conversamos y les cuento mis motivos. Y algunos los entienden y me lo dicen, y en sus ojos veo que vamos por buen camino. Porque me he propuesto hacerlos verdaderos lectores, y esos no son los que leen un libro al trimestre sino los que enlazan un libro con otro. Para conseguirlo no me queda otra que contagiarles curiosidad, interés, ganas de ir más allá… Algo que no transmiten las historias previsibles (y prescindibles). *Artículo publicado originalmente en EL TIRAMILLA

sábado, 2 de noviembre de 2013

EL LIBRO INVISIBLE*

X disfruta escribiendo. Siempre ha sido así, desde niño. Necesita expresar lo que bulle en su interior. Tiene ideas, es ingenioso, y sabe plasmarlas ante la pantalla del ordenador, y desarrollarlas, que es mucho más difícil. En el taller literario al que acude regularmente le dicen que trate de publicar sus cuentos, que pruebe por lo menos. Sus compañeros están convencidos de que tiene posibilidades. -Tus relatos son sorprendentes, mantienen la atención del lector de principio a fin. Cuántas veces leemos libros que terminan defraudándonos, y de autores consagrados, pero tus textos en cambio… X calla, no es muy hablador, pero en realidad lleva años enviando todas sus obras a distintas editoriales. Casi nunca ha recibido respuesta de ninguna y, si la ha recibido, ha sido en una carta tipo: “Lo sentimos pero su obra no encaja en ninguna de nuestras colecciones”. Sin embargo, X persevera y un día se produce el milagro. Y se produce, además, con una novela larga. En la editorial -pequeña, independiente y seria- un editor entusiasmado le dice que ha escrito un buen libro y que está dispuesto a publicárselo. X sueña con tener su primera obra entre las manos y, cuando la tiene un año después, no puede creer que sea la suya: a pesar de que es su nombre el que aparece en la cubierta, debajo del título, que increíblemente es también su título. Quince días después de la llegada de los ejemplares a su casa, X comienza a pasearse por las librerías de su ciudad. El editor le ha dicho que debe esperar dos semanas para que la novela esté distribuida por todo el país. X es prudente y se niega a hacer caso de esa imagen que, juguetona, se pasea por su cabeza: mesas de novedades cubiertas de pilas de su novela, manos que cogen ejemplares, pilas que decrecen y se reponen constantemente. No, él sabe que el mundo –por lo menos el literario- no funciona así. Sin embargo, su mente sigue jugando con él y no puede evitar esbozar una sonrisa de alegría contenida. Camina con paso más seguro y entra en la primera librería. Se trata de una librería grande, que pertenece a una cadena. Es primavera y la mesa de novedades está rebosante de libros: novelas de autores consagrados, mediáticos, escandinavos… Pero a él la vida no le ha dado todavía la oportunidad de ser consagrado –tal vez con el tiempo, aunque lo duda…-, ni tampoco es mediático porque se limita a trabajar en un ministerio y no despunta como cantante ni tiene gracia para contar chistes o sus líos de cama, si los tuviera, y desde luego no es escandinavo, eso lo sabe a ciencia cierta. El jarro de agua fría que ha congelado su sonrisa se endereza de nuevo y se queda suspendido en el aire cuando X descubre que en la mesa también hay novelas de escritores que no conoce. Los nombres de sus autores no son sonoros: apellidos normales, sin reminiscencias extranjeras, tan anodinos como el suyo. Sin embargo, tienen derecho a estar ahí, ¿por qué? Levanta los ejemplares y los estudia uno a uno, con detenimiento. Las cubiertas son brillantes, los diseños vistosos. Las ilustraciones muestran castillos derruidos, brumas, seres en sombras… Se da de narices con unas cuantas alas, que podrían ser de cisnes pero también de ángeles, y con mucho color rojo, rojo sangre. Comienza a leer los textos de algunas contracubiertas, de algunas solapas… Vaya, casi todas parecen novelas históricas con elementos fantásticos y mucho thriller. Es evidente que su novela no tiene nada que ver con esos temas. Es lógico que no esté allí. Y casi se alegra por haber escrito algo distinto, novedoso. X opta por acudir a otras librerías y en su largo peregrinaje pasa por grandes almacenes, por librerías/papelerías, por pequeñas tiendas de barrio y, finalmente, acude a una librería que conoce bien porque ya iba a ella de pequeño, con su madre. Sabe que es un negocio -¿negocio?- familiar por el que han pasado ya tres generaciones de libreros, todos ellos enamorados de su profesión y de los libros. Ahí, X, que hasta el momento no ha encontrado ni un solo ejemplar de su novela, se decide a preguntar, sin darse a conocer por supuesto. Al oír el título al librero se le ilumina la expresión y rápidamente lo lleva hasta una estantería donde, en la X de X, asoman los dos centímetros escasos del lomo de su obra. -Es una buena novela, se lo garantizo. La he leído, le gustará -dice tendiéndole el libro. X lo coge casi con respeto y no se atreve a responder que la conoce bien porque es su autor. Pero sí osa preguntar por qué no se halla entonces en la mesa si es novedad. El librero le mira interesado y le habla de que no hay sitio para ella en la mesa, de que a la mesa llegan tan solo unos pocos títulos de los ochenta mil que se publican cada año. -¿Qué hay que hacer para estar ahí entonces? -pregunta X sintiéndose infantil, ingenuo y ridículo, todo a un tiempo. -La gran mayoría de la gente que entra en la librería demanda títulos que están ahí. Van y los cogen sin problemas. Vienen a tiro hecho, a buscar el libro del que han oído hablar en la tele o en la radio, o el que les ha recomendado un conocido. Y siempre son los mismos, esos, los de moda. “Los de moda, los de temporada… como la ropa”. -Este mundo globalizado, ya sabe… -acaba sentenciando el librero-. Las editoriales promocionan solo unos determinados títulos, los que para ellos tienen más posibilidades de alcanzar buenas ventas, posiblemente porque son los más convencionales o los más fáciles. Oímos hablar tanto de ellos que todos acabamos comprándolos. Es una venta segura, y por eso están ahí. Pero hágame caso, llévese este. No le va a defraudar. X acepta. ¿Cómo decir que no a un librero tan amable? Y sale de la librería con su libro envuelto en papel gris. En casa desenvuelve el libro y lo pone junto a los otros quince que tiene en la caja de cartón que le envió la editorial. Quizá el librero le eche un cable y vuelva a reponerlo en la estantería, quién sabe. Tal como están las cosas, no pide más. Luego, empieza a hacer una lista de los amigos a los que regalarle la novela. Encontrar a tantos amigos lectores no es sencillo, no señor. La historia de X está basada en hechos reales y se asemeja mucho a la tuya y a la mía, y a la de la gran mayoría de los escritores que no son ni consagrados, ni mediáticos ni escandinavos. Pero X, y todos nosotros, a pesar de los avatares del destino, somos optimistas por naturaleza, o será que creemos mucho en la belleza de esta profesión… y, por eso, queremos pensar que la red ha venido en nuestra ayuda al transformarse en una enorme ventana a la que asomar nuestras obras, las de todos, para que los navegantes logren descubrirlas por medio de la lente de sus catalejos, las saquen de la invisibilidad y les den la oportunidad que se merecen. ¿Será así? Ojalá. Por X, por nosotros y por la literatura... *Artículo publicado en la revista EL TIRAMILLA,ya desaparecida

jueves, 21 de julio de 2011

"EL NOMBRE DE LA ROSA" VERSIÓN ABREVIADA

He estado en Laredo, impartiendo dos clases en un curso de Literatura, dirigido por Aura Tazón -www.kattigara.com- en la Universidad de Cantabria. Hablé del marketing y de la necesidad que tienen los libros hoy en día de llegar a ser visibles. Si no nos cuentan que existe una obra, no lo sabemos y, por tanto, es una obra perdida. En el mundo actual solo existen los libros que se promocionan y, por eso, se produce una uniformidad pasmosa: casi todos leemos los mismos, esos de los que se hacen tiradas espectaculares, esos de los que habla todo el mundo, esos que están a montones en las mesas de novedades. De los demás -en muchas ocasiones de tanta calidad o más que los famosos "best sellers"- nadie conoce su existencia: son invisibles. Del lineal de la librería vuelven a la editorial y, de allí, directamente a la guillotina. Quizá tengan una mayor oportunidad en la red, auque pienso que también necesitarán de la promoción para que alguien decida seleccionarlos y darle al botón de lectura o de impresión. Lo cierto es que, aunque no quiera, no veo un futuro demasiado esperanzador al respecto.
El caso es que, coincidiendo con la preparación de la charla, los hados se confabularon para que por todas partes -prensa, TV, librerías- viera "pistas" que ahondaban impepinablemente en el tema: el estreno de la última película de Harry Potter llevaba a los periodistas a hablar de la saga, entrevistaban a Mario Muchnik en la radio o leía en el periódico que Umberto Eco había decidido hacer una revisión de "El nombre de la rosa" para quitarle hierro... Y esto último es lo que me dejó más noqueada. A pesar de la indudable profundidad de la novela, en su momento la leímos millones de personas en todo el mundo. La comprendimos, la superamos, nos hizo pensar, dijimos que nos gustaba. Ahora, sin embargo, Eco afirma que va a pulirla, que va a quitarle los escollos que tenía, que va a hacerla más fácil para el gran público... Es perfectamente lícito que un autor, si no se siente a gusto con su obra, la revise; pero yo no sé si es eso exactamente lo que le sucede a Eco. Me cuesta creerlo conociendo al personaje. Más bien me inclino por que piense que en el mundo actual, este mundo de la lectura horizontal, de las prisas, de la falta de atención, de la impaciencia, no habrá ya nadie que se "trague" "El nombre de la rosa" como entonces y que, si quiere conseguir nuevos "adeptos", deberá quitarle filosofías y convertirla en una novela policiaca más al uso. En fin, seguramente perderá profundidad, pero venderá todavía más. Y eso debe de tentar hasta al mismo Eco. Qué cosas...